lunes, 8 de marzo de 2010

La Cigarra y la Hormiga

¡Que desdichado era Cigarra en el apogeo del verano! El sol brillaba, las flores desprendían su aroma embriagador... pero él no podía disfrutar de nada de eso, pues quería encontrar una señora Cigarra con quien aparearse. A pesar de que nadie se lo enseñó, sabía que la forma para conseguir atraer a una hembra era frotar frenéticamente sus patas contra su abdomen. Los humanos lo denominaban “el alegre canto de la cigarra”; para él era tan solo una tarea agotadora y monótona.

Mientras tanto, Hormiga seguía con su rutinaria existencia como obrero; cada día era una réplica exacta del anterior: se levantaba, se limpiaba las antenas y después seguía las órdenes del capataz para recolectar un alimento que no necesitaba, destinado a una Reina Hormiga a la que no conocía y con la que nunca podría tener un romance. Desde pequeño le habían enseñado que el futuro de la Colonia dependía de que cada hormiga cumpliera con su deber: las obreras tenían que recoger comida; los soldados, defender el hormiguero y sólo algunos machos alados, fertilizar a la Reina. Estaba convencido de que le había tocado el deber más deplorable de todos.


En sus idas y venidas del hormiguero, Hormiga no podía evitar sentirse irritado al escuchar a Cigarra cantado y cantando. Cuando pasaba a su lado, le decía: “Canta, canta… ¡pero tu canto no te salvará! ¡Ya verás cuando acabe el verano y no tengas provisiones para subsistir ni un refugio donde cobijarte! Pero Cigarra estaba demasiado absorto en su quehacer para poderle contestar.


Una mañana los fríos vientos del Este trajeron nubes grises que anunciaban el fin del verano. La naturaleza se recogió en la túnica otoñal. Cigarra se despertó sintiendo que la bruma entumecía sus patas, debilitadas ya tras tantas semanas de incesante actividad. Hacía días que esperaba esas señales de su cercana muerte. Aprovechando sus últimos minutos de vida, se acercó al hormiguero y golpeó suavemente el picaporte:


¿Qué quieres? - preguntó Hormiga cuando vio a Cigarra ante su puerta.


El señor Cigarra echó una ojeada al vestíbulo del hormiguero; parecía un lugar cálido y confortable, sobretodo si lo comparaba con el campo cubierto por la escarcha que le esperaba sus espaldas. A pesar de eso, no sintió envidia de la vida de Hormiga. Sacudiendo con dolor las gotas de agua que helaban su pobre cuerpo, dijo lastimosamente:


“¡Hola Hormiga! Aquí me tienes, con mucha hambre y muerto de frío”.


“¿Qué me cuentas ahora, Cigarra? ¿Qué hacías durante el verano cuando podías prepararte para el invierno?” – le inquirió Hormiga.


“Cantaba y cantaba todo el día” - respondió Cigarra. “La única forma para que mi estirpe persistiera era conseguir aparearme y que mi pareja engendrara nuestras larvas antes del fin del verano. Y el verano no es eterno.”


“¿Cantabas? Pues, ¿por qué no cantas ahora?” le dijo Hormiga de forma burlona.


“Pronto voy a morir y lo haré en paz. De la misma forma que al final del día la araña se duerme tranquila sabiendo que ha aprovechado el día construyendo una buena telaraña, yo terminaré mi vida con la certeza que mis descendientes están ya bajo tierra, donde se alimentan de la savia de las raíces y pasarán seguros el crudo invierno”. 


Y con un seco portazo, la hormiga se despidió de Cigarra, dejándole, moribundo, a la intemperie.


El invierno sucedió al otoño y el bosque quedó cubierto de esponjosa nieve. Una tarde, en la oscuridad del fondo del hormiguero, Hormiga se disponía a merendar. De pronto algo le hizo recordar su encuentro con Cigarra y todo lo que le había contado. Un pensamiento fugaz cruzó su mente: al contrario que la suya, la vida de Cigarra había sido corta pero llena de sentido. Un ruido en una galería cercana le hizo volver a la realidad. Sacudió la cabeza intentando borrar esa idea absurda, y dio otro mordisco al pedazo de Cigarra que tenía entre sus patas.

Epílogo:
Hace más o menos un año se publicó un interesante post titulado “de cigarras y de hormigas…” en “mi pequeño blog en positivo”. El autor escribía como una hormiga ahogada en sus miedos se transformaba en una cigarra alegre y que disfrutaba de la vida. Lo leí hace poco y me recordó que tiempo atrás vi un documental sobre cigarras que me había inspirado para dar un nuevo enfoque a esta fábula clásica.


¿Para qué canta la cigarra? No es para divertirse, sino para atraer a las hembras en la época de apareamiento, que habitualmente coincide con el verano. Los machos pueden llegar a morir debido a la diferencia de presión sonora producida por su canto. ¿Y por qué no le preocupa el invierno a la cigarra? La cigarra sabe que cuando llegué el frío morirá inexorablemente, y que la única forma de persistir es a través de su prole. Por eso dedica todo su empeño en su estridente y monótono canto. Irónicamente, cuando los primeros fríos causen la muerte de la cigarra, probablemente las hormigas recogerán su cuerpo para almacenarlo como alimento en su despensa. Pero para entonces la cigarra ya habrá triunfado; sus ninfas ya habrán penetrado en la tierra, donde vivirán durante unos 10 años antes de cavar un túnel, subir a los árboles y cerrar el ciclo de la vida transformándose en adultos alados.


Finalmente comento una curiosidad que he encontrado en Wikipedia. La versión de esta fábula que ha llegado a nuestros días es con toda probabilidad la recreación que hizo Jean de la Fontaine en el siglo XVII. En ella, la hormiga deja a la cigarra a merced de los elementos; la consecuencia de la desidia es la muerte, mientras que el trabajo constante en épocas de bonanza lleva a la supervivencia en los malos tiempos, enfatizando la dualidad culpabilidad/castigo y virtud/salvación. En cambio, en la historia original atribuida a Esopo (hacia el 600 a. C.), nos encontramos con una hormiga compasiva, ya que cuando llega el invierno, además de advertir al cicácido de “la necesidad de prever para el día de mañana aprovechando las oportunidades presentes”, se apiada de él, obsequiándole con comida y cobijo.



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