La Crisis Colombina

Estoy tomando el sol en un parque, aprovechando que el invierno todavía persiste (a pesar de que los grandes almacenes insisten en lo contrario). A mi lado, un abuelo con su nieto de cinco años comiendo patatas fritas. Cuando el crío se cansa del aperitivo, el yayo le sugiere que tire unas cuantas a las palomas. Hace unos minutos que las aves merodean por aquí; su infalible instinto les avisa de que pronto disfrutarán de un picoteo improvisado.

Estoy contemplando esta dulce estampa cuando de repente el señor le suelta al niño: “¿Sabes Jaime por qué las palomas tienen tanta hambre? Pues porque ellas también sufren la crisis”. El niño no cambia su expresión y las palomas siguen llenando el buche. Sin embargo, y a pesar del sol, yo me quedo helado.


Hasta ahora los medios de comunicación y la clase política habían sido los encargados de recordarme constantemente que estoy en crisis. Los primeros, seguramente para conseguir captar mi atención, aprovechando que mi cerebro límbico está más atento a las amenazas que a las oportunidades. Los segundos, quizás esperando que el río revuelto haga que los pececitos no notemos que los pescadores de votos están paralizados ante tan difícil situación. Y yo me quedo helado porque acabo de ser testigo de un hecho insólito para mí: un Arcángel Longevo anunciando la extensión al reino animal de la recesión económica.

Desde su nacimiento en la Antigua Grecia, la palabra “Crisis” estuvo durante muchos siglos bastante aburrida en los diccionarios pues, a diferencia de algunas de sus compañeras más populares (“Dios”, “Amor”, “Patria” y “Guerra”), a ella no la solicitaban muy a menudo para que participara en conversaciones y manuscritos. De vez en cuando se producían hechos que le hacían albergar esperanzas; por ejemplo, cuando en el siglo III empezó la crisis del Imperio Romano. Pero esas esperanzas se convirtieron en decepción cuando, a medida que se acercaba el siglo IV, sus compañeras “Decadencia” y “Caída” le fueron arrebatando protagonismo. Más recientemente, a finales de los años veinte del siglo pasado, tuvo una buena racha trabajando en equipo con “Crack” (vocablo que últimamente está pluriempleado). Pero el momento de gloria de “Crisis” llegó en la década de los setenta, en la que colaborando con “Petróleo” cosechó un notable éxito internacional.

A pesar de todo, nada de eso hacia presagiar a “Crisis” el papel estelar que le ha correspondido a finales de la primera década del siglo XXI. Ahora no descansa casi nunca, y está empezando a sentirse identificada con su gran amiga “Estrés”, que llegó desde Inglaterra gracias a un programa de intercambio de palabras. Pero no todo ha sido negativo; últimamente se ha asociado con el adjetivo “Buena” para crear el título de un libro de crecimiento personal. Sin embargo, después de la gripe aviaria de 2004, nunca se imaginó que compartiría escena con la palabra “Paloma”. Y mucho menos que sería la protagonista en esa conversación del abuelo con su nietecito.

Se me ocurren varias respuestas alternativas que podría haber dado el anciano sin tener que hacer referencia a la crisis colombina (pese a que lo mejor hubiera sido no haberse metido él mismo en ese berenjenal). Por ejemplo, “...porque cada vez hay más palomas en la ciudad y tienen que competir por el alimento” o “...porque para las palomas las patatas son deliciosas comparadas con la dieta habitual de semillas y migajas de pan”. O en caso de que no pudiera evitar incluir el vocablo mágico podría decir, “...porque cada vez la gente, que está afectada por la crisis, les echa menos comida”.

Llevo ya veinte minutos al sol y empiezo a tener un poco de calor. Me levanto y me despido del señor y del niño. Mientras me alejo, oigo que el abuelo le repite al nieto: “Las palomas también sufren la crisis”, intentando que ese enunciado quede grabado en la tierna mente del niño. Sonrío y recuerdo una frase del fantástico H. G. Wells; "La crisis de hoy es el chiste de mañana."



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