Aceleración

En la parrilla de salida del Gran Premio, Alejandro accionó la palanca que encendía el motor de su monoplaza de Fórmula 1. Más que sentado dentro de él, parecía estar encajado entre toda esa tecnología que le conectaba a los ordenadores del jefe de equipo, como si él no fuese más que otro elemento del cockpit. Estaba aprisionado en ese minúsculo espacio, sintiendo la humedad asfixiante de la leve lluvia de la metrópolis asiática, enchufado a la máquina como un bebé prematuro a su incubadora. Pero ninguna de esas incomodidades le hacía apartar su atención de lo verdaderamente importante; estaba viviendo la temporada de su vida. Por fin había conseguido el tan ansiado contrato con la escudería más prestigiosa. Tenía a su servicio el mejor equipo de ingenieros y mecánicos. El título mundial no se le podía escapar. Fijó su mirada en el rojo de los cinco semáforos, el mismo rojo del torrente de sangre que circulaba por sus venas.


A pesar de contar con un gran equipo, Alejandro era consciente de que era él quien, a fin de cuentas, ganaba o perdía cada Gran Premio. En el fondo aquello no era más que una carrera de cuadrigas de la antigüedad bañada de innumerables sofisticaciones electrónicas. Dos pedales y las mismas reglas básicas que en el Circo Máximo de Roma: acelerar al máximo, frenar lo mínimo, avanzar a los contrincantes  y evitar que ellos te adelanten. El objetivo era llegar el primero a la meta, sin importar que todo el esfuerzo se enfocara en llegar al mismo punto desde el cual se había salido.

Dentro del circuito, todos los pilotos eran rivales, incluido su compañero de equipo. Lo llamaban así pero lo único que les unía era que debían compartir un mismo grupo de colaboradores y una estrategia de equipo. En teoría debían ayudarse mutuamente para conseguir el mejor resultado para la escudería, pero en la práctica esta ayuda se diluía en una lucha personal, en la que ambos se enfrentaban entre sí por ostentar la “posición alfa” en la manada. Esto llevaba a Alejandro a estar siempre en tensión; incluso después de una victoria, su sonrisa parecía disimular una  insatisfacción y una tristeza profundas.

La mayoría de los pilotos eran como él, aunque había excepciones, y Manuel era una de ellas. Llevaba años como piloto de pruebas, esperando pacientemente su oportunidad. No tenía prisa por llegar a ser piloto oficial; él sabía que si daba lo máximo  (fuera mucho o poco) en cada jornada, algún día se cumpliría su sueño. Y el sueño llegó este año. Manuel vivía las carreras de una forma distinta; disfrutaba de cada una de ellas como fueran la primera y la última al mismo tiempo. Pero a quien no soportaba Alejandro era a Giacomo, el piloto de MotoGP. Pertenecían a la misma generación, sin embargo Giacomo tenía una imagen mucho más desenfadada; a veces parecía que no le importaba perder o ganar. La superación de los malos momentos en su carrera le había conferido una gran capacidad de saber encajar las derrotas y de no perder nunca el sentido del humor.

Para Alejandro nada podía igual el torbellino de emociones en el que sumía durante las carreras. Al pisar el pedal del acelerador, el bólido salía lanzado hacia delante. Entonces su cuerpo era empujado con una tremenda fuerza contra el asiento y al momento sentía como un chorro de estimulante adrenalina inundaba su torrente sanguíneo. Para él eso era lo más parecido a la felicidad.


El impaciente rugir de los motores anunciaba que el inicio de carrera estaba cerca. Alejandro estaba con los reflejos al máximo. En los tres grandes premios que llevaban de temporada, sólo había subido al podio en uno de ellos. Tenía prisa por empezar la carrera, por subir en lo alto del podio, por ganar el título mundial esa temporada. Y tenía prisa por ser el mejor piloto de todos los tiempos. Uno a uno, los discos rojos se iban apagando, como moribundos soles en constelaciones lejanas. Alejandro arrancó y en décimas de segundo se dio cuenta de que algo no iba bien; el coche de delante no se movía. Volvió su cabeza hacia los semáforos y en ese instante su retina se tiñó de rojo. El mismo rojo que, desafiante, seguía brillando en el último disco.

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