Los Odres y la Sal

El cronista turco Tarik Selyuk, en su obra “Conquistas y hazañas del gran Suleyman Kanuni” relató en el siglo XVI la dura campaña del célebre sultán otomano en Europa Oriental. En Octubre de 1529, tras varios meses de asedio a la ciudad de Viena, el mermado ejército turco se bate en retirada hacia Constantinopla. Los causantes de tan humillante derrota son a parte iguales la resistencia de los defensores de la ciudad y el gélido invierno centroeuropeo. En el capítulo IV cuenta, a modo de inciso, la historia de Erkan y Azad. Dice algo así como:

Conocí a Erkan y Azad, dos soldados bashi que habían probado su valor en el largo asedio de la ciudad de los infieles. En su viaje de vuelta, la gran escasez de sirvientes nubios obligó a su capitán a asignarles parte de la carga de víveres; dos grandes fardos, el primero sin apenas valor, formado por odres vacíos que hacía unas semanas estaban llenos de dulce vino de Armenia; el segundo fardo contenía varias arrobas de sal, de gran valor e indispensables para la conservación de la poca carne que iban saqueando. Erkan, con mayor veteranía y astucia, eligió los odres, ya que menos peso suponía menos fatiga y menos valor hacía prever menos castigo en caso de pérdida. Azad aceptó cargar con el pesado fardo de sal.


Al cabo de unas jornadas empezó la dura travesía de los Montes Cárpatos. En el angosto desfiladero de Bistra, Azad empezó a dar muestras de cansancio. Por el contrario, Erkan caminaba ligero, e incluso se permitía adelantar a su compañero y volver atrás una y otra vez, haciéndole comentarios sarcásticos respecto a su parecido con una bestia de carga. Al principio Azad le contestaba con improperios, pero dejó de hacerlo en cuanto se dio cuenta de que con eso sólo conseguía avivar el fuego de la burla de su amigo.


Al cabo de unas semanas llegaron a las tierras bajas de Kerfsha, en las que el Danubio serpentea perezosamente antes de desembocar en el Mar Negro. Mientras atravesaban el caudaloso río por un antiguo puente de madera, Erkan volvió a hostigar a Azad, que esta vez no se contuvo, pues sintió que acababa de caer la gota que colmaba el vaso de su paciencia. Azad se abalanzó sobre Erkan. Su comandante, que casualmente pasaba por ahí, se acercó para arreglar la disputa, pero al intentar separarlos quedó enzarzado en la pelea. Súbitamente, un empujón de Erkan hizo que Azad rompiera la débil barandilla y los tres cayeron a las profundas y arremolinadas aguas.


Los tres lucharon por llegar a la orilla. La pesada armadura turca del comandante le hacía hundirse. Al mismo tiempo, los odres de Erkan se llenaron de agua, y la corriente le arrastraba hacía unos peligrosos rápidos y unas afiladas rocas. Sin embargo, la sal del fardo de Azad empezó a disolverse, quitándole un gran peso de encima y permitiéndole nadar. De esta manera no sólo pudo salvarse a sí mismo, sino también a Erkan y a su comandante.


Azad fue recompensado generosamente por tan gran heroicidad. Fue ascendido al rango de Sipahi (miembro de caballería), le regalaron dos bolsas de monedas de oro y un bello corcel, en el que montó el resto de viaje hacia Constantinopla.

Tarik Selyuk concluye el relato con la siguiente reflexión: “Cuídese el mahometano de juzgar prematuramente la bondad o maldad de un hecho, pues lo que hoy se nos presenta como perjudicial, mañana puede parecernos del todo oportuno.”

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