La Mariposa Gris

Erase una vez una pequeña mariposa gris que vivía en el bosque. Una mañana de primavera fue testigo de un hecho inusual y maravilloso: desde el cielo descendía con admirable fluidez lo que a primera vista parecía ser una gran nube de color naranja. Al acercarse a curiosear, se dio cuenta de que en realidad se trataba de la gran migración anual de las mariposas monarca. Al verlas, la pequeña mariposa gris se quedó admirada, porque, en cierta forma, las viajeras eran un reflejo de lo que ella deseaba llegar a ser: sus alas eran grandes y esbeltas, capaces de recorrer miles de kilómetros, mientras que las suyas eran pequeñas, de forma que sólo le permitían volar unos centenares de metros al día. Y su color: los brillantes tonos anaranjados contrastaban con los negros para darle un inconfundible aire de majestuosidad. En cambio, las suyas apenas mostraban algunos tonos de gris, como recién salida de una charca.


Se acercó a saludarlas, y les dijo:

- ¡Buenos días señoras monarca! ¿Me permitirían que las acompañara en su largo viaje hacia el Norte?

Y como respuesta sólo recibió mofas:

- “¿Dónde vas con esas minúsculas alas grises?” – Decían – “¿Acaso se te han mojado y has perdido tus colores en el arroyo?”. Ella se alejó desolada, mientras a sus espaldas sonaban unas punzantes carcajadas. Se sentó en la orilla del lago y lloró.

Cuando sus ojos se secaron, se fijó en el lodo rojizo que la rodeaba y se le ocurrió una idea. Se untó las alas con ese lodo, se pegó una hoja de olmo en cada ala y culminó su disfraz con un poco de polen amarillo. Entonces miró orgullosa su reflejo en el agua; ¿quién podría advertir que se trataba de un imaginativo artificio? A continuación volvió donde estaban las mariposas monarca que, atareadas con los preparativos de su partida, no se dieron cuenta del disfraz y la tomaron por una de ellas. Se sentía muy satisfecha y pensaba que sus padres y amigos estarían muy orgullosos de ella. Y sin tan siquiera despedirse de ellos, emprendió, sin saberlo aún, la que iba a ser la aventura de su vida.



El lodo empezó a secarse y a encartonarle las alas, dificultando su movimiento, pero ese era un precio irrisorio a cambio de lo que ella consideraba el sueño de cualquier mariposa gris: realizar el gran viaje junto a la aristocracia de las mariposas. A pesar de sus dificultades, la mariposa gris (ahora con las alas pintadas) se esforzaba en seguir el ritmo de sus compañeras de viaje. Se decía a si misma que sacaría la energía de donde fuera necesario, pues tenía la certeza de que si conseguía llegar a su destino, las mariposas monarca la considerarían como una igual y por fin sería feliz.

Al tercer día apareció en el cielo un despiadado depredador, un pequeño gorrión. Las mariposas monarca se alertaron, y en seguida se alejaron aprovechando una corriente de aire favorable. Pero la mariposa gris pintada no tuvo tiempo ni fuerzas, y el pájaro se lanzó a por ella. Aunque parecía que no tenía escapatoria, la cercanía de una muerte segura agudizó sus sentidos. Justo antes de que el pico del ave se cerrara sobre sus alas, descubrió una pequeña abertura en una pared de roca frente a ella y se metió dentro. Era suficientemente estrecha para que el pájaro no cupiera, aunque sí su pico, con el que intentaba alcanzarla. Huyendo de los picotazos, se fue adentrando en esa grieta hasta llegar a una especie de gruta, en la que una corriente de aire frío la arrastró hasta una profunda sima. Quedó tendida en el húmedo suelo de la cueva, completamente exhausta y con las alas medio rotas. Se quedó dormida. Y soñó.

Soñó que estaba en un páramo baldío, con el viento soplando incesantemente. Se sentía terriblemente sola. Oteó el horizonte hasta ver las figuras de sus padres, amigos y mariposas monarca formando un círculo. Se alegró y se dirigió hacia ellos. Le costaba mucho trabajo volar; sus alas eran como pesadas planchas de hierro. El viento rozaba sus alas y provocaba un silbido metálico, hipnótico y estridente a la vez, que le molestaba pero que le atraía. Sin saber cómo, de repente se encontró en el centro de círculo de mariposas, y al levantar la vista se percató de que todas ellas tenían una estatura descomunal, tanto que parecía que con sus antenas tocaban el cielo. La miraban con severidad mientras proyectaban sus largas sombras sobre ella. De repente el cielo se oscureció y las mariposas se convirtieron en tornados de arena de color púrpura que se alejaron hasta desaparecer.

Entonces el suelo tembló y empezó a emerger una resplandeciente pirámide dorada… pero no era una pirámide, sino el pico de una gran ave negra. Sus ojos rojos se centraron en ella. Intentó huir y sintió que le costaba aletear, y al volver la cabeza hacia sus alas vio que éstas se estaban helando. Poco a poco iban haciéndose añicos y desprendiéndose de su cuerpo. Cada vez aleteaba con más fuerza, sin embargo con eso sólo conseguía que las alas se desintegrasen antes. Al final cayó indefensa al suelo y, mientras se agitaba inútilmente con desesperación, oyó el chillido del ave mientras se abalanzaba sobre ella.

Se despertó bañada en sudor y tendida en el suelo de arena de la cueva. A medida que sus ojos se acostumbraban a la tenue luz, vio que a su lado había un pequeño lago de agua cristalina y perfectamente inmóvil. Se arrastró hasta la orilla y en la maldita superficie del agua se reflejó una imagen monstruosa; su mente se negaba a aceptar que ese monstruo era ella misma. Su rostro estaba descompuesto; el cansancio del viaje y la amargura del fracaso surcaban su rostro. El lodo rojo y el polen amarillo se habían mezclado con la arena y el sudor, dando a su faz un aspecto exageradamente patético. De forma inesperada le vinieron unas irrefrenables ganas de reír, una risa que al momento se transformó en un intenso y desgarrador llanto.

Las siguientes horas fueron las peores de su vida. La oscuridad y el silencio lo impregnaban todo; sin imágenes ni sonidos que calmaran su mente, no había manera de ignorar las voces que resonaban en su cabeza. Su sueño de convertirse en mariposa monarca se había volatilizado. No tenía fuerzas para alcanzar la caravana migratoria. No tenía fuerzas para volver a casa. Y no tenía fuerzas para presentarse antes sus padres y amigos con su estrepitoso fracaso. Empezó a preguntarse por qué tenía que pasarle eso a ella, por qué el mundo le había girado la espalda… y durante un buen rato se preguntó todos los porqués que la habían llevado a ese desastre. Pensaba que ya no valía la pena vivir y que no había nada por lo que mereciera la pena luchar. El sufrimiento era tan agudo que deseó su propia muerte: decidió quedarse inmóvil, esperando que alguna alimaña se la comiera.

Al cabo de unas horas empezó a dejar de aferrarse a los pensamientos y al dolor que la estaban atormentando. Seguía sintiéndose mal, pero su mente comenzó a estar mucho más clara. Al mismo tiempo sintió como si dentro de ella, la llama agónica de una vela se resistiera a extinguirse. En aquel momento cambió la dirección de sus preguntas, que pasaron de estar enfocadas en el pasado a estarlo en el futuro. Aceptó que había tocado fondo, y eso le ayudó a generar el primer pensamiento constructivo en mucho tiempo: desde ahí abajo, el único camino que podía tomar era hacia arriba. Y ese fue el primer objetivo que se marcó: salir de la cueva. No para continuar el viaje de las mariposas monarca. No volver a casa, sino para encontrar su propio camino. Comenzó por pequeñas metas; la primera fue lavarse y eliminar los restos de su ridículo disfraz de monarca. Así que se acercó al agua, y esta vez al verse reflejada en ella descubrió que pese a todo lo sucedido, todavía no había olvidado cómo regalarse a sí misma una sonrisa.

Poco a poco empezó a sentirse con más confianza. El mundo de la negrura empezó a despertar su curiosidad. La vista que la había guiado en el bosque no podía ayudarla en la caverna. Investigó a su alrededor, conoció a un ciempiés y una cucaracha, que le iban trayendo trozos de comida, y mientras ella la engullía con voracidad, les contaba cómo era la vida en el exterior, pues nunca habían salido de la oscuridad. A través de sus propias palabras, la mariposa gris fue recordando su vida, casi olvidada, de aquellos tiempos en los que no llevaba las alas pintadas; momentos felices y momentos tristes, en los que se había sentido orgullosa de ser ella misma, sin darle importancia a lo que pensarían de ella los demás insectos. Y por su parte sus nuevos amigos le enseñaron como se podía vivir casi sin luz, dejando de lado la vista y percibiendo el entorno a través del resto de sentidos. A su vez, a medida que pasaban los días se fue entrenando, fortaleciendo sus alas y ganando en resistencia, hasta el día en que supo que podría volar hasta el exterior. Así que se despidió de sus nuevos amigos, les agradeció toda la ayuda que le habían prestado y les prometió que jamás se olvidaría de lo que habían hecho por ella.

Agitó con fuerza sus alas y emprendió el vuelo hacia una grieta situada en la bóveda de la gruta. Las tres primeras veces no lo consiguió, pero no se dio por vencida. Lo intentó una cuarta vez: empezó a subir, y en el momento en que sus fuerzas comenzaron a flaquear, se dijo a si misma que podía y quería conseguirlo, y entonces una inesperada corriente de aire la impulsó hacia el exterior. Cuando por fin llegó a la superficie, ya había anochecido. Un silencio sepulcral llenaba el bosque. Se posó en el tronco de un árbol. Estaba sola y no sabía qué hacer ni a donde ir, pero ya no se sentía incómoda con esa clase de incertidumbre. De repente empezó a notar que algo desconocido hasta entonces recorría todo su cuerpo; era una especie de cosquilleo. A su alrededor empezaron a aparecer pequeñas motas de luz. El cosquilleo se transformó en una electrizante y agradable sensación y ante su sorpresa sintió que todo su cuerpo empezaba a emitir una brillante luz. Entonces vio que las motas de luz a su alrededor provenía de otras mariposas grises a las que les estaba pasando lo mismo que a ella. Algunas de ellas todavía tenían restos de lodo rojo y polen amarillo en sus alas.

En ese instante una infinidad de puntos inconexos de su vida se relacionaron entre sí para darle una nueva y magnífica perspectiva del sentido de su existencia: siempre había creído que era una mariposa gris, pero ahora sabía que realmente era una luciérnaga. Un insecto emisor de luz. Una luz que solamente se había activado cuando llegaron a reunirse un cierto número de los suyos. Miró a las otras luciérnagas e intuyó que compartiría con ellas algo más que ese fugaz instante; de alguna manera iban a seguir conectadas durante el resto de sus vidas.

Se sintió aligerada, desprendida de los falsos sueños de ser una mariposa monarca y asombrosamente a gusto con el descubrimiento de su verdadera esencia, que siempre había estado ahí pero que ella se había empeñado en ocultar bajo capas y capas de justificaciones y creencias. En su interior sintió un estallido de inexplicable felicidad; ya no dependía de la luz exterior para iluminar las tinieblas, pues había comprendido que ella misma era su propia luz.

1 comentario:

  1. Jordi, una Luminosa história de Autoaceptación, de Superación y de Trascendencia.....

    Me recuerda aquella Paloma, que murió por querer ser Gávilan... Amigo...!!!

    Bravo

    Todo Lo Mejor

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