Caperucita (Roja) y el Lobo (Feroz)


Ante la escena teñida de sangre, Caperucita pensó: “jamás volveré a llevar nada de color rojo, y menos aún, mi (hasta ahora) querida caperuza roja”. El cuerpo de su Abuelita asomaba entre las puertas del armario, sobre un charco de sangre. El Lobo, recostado en la cama y disfrazado con un camisón de la Abuelita, jadeaba y presionaba su garra derecha contra la herida de bala de su hombro izquierdo. La sangre se derramaba sobre la cama y creaba un macabro contraste con el blanco de las sábanas y el negro de su pelaje. En el otro extremo de la habitación, el Leñador empuñaba la escopeta con la que acababa de disparar a la bestia.


Caperucita, aún en estado de shock, descubrió en el Leñador a su héroe salvador y decidió que era el hombre de su vida. Al cabo de un mes se casaron en la iglesia del pueblo. El mejor regalo fue el que le hicieron sus amigas: una capa blanca con caperuza. Y es que aunque la gente la consideraba la muchacha más bella de la comarca, a Caperucita le gustaba esconder su rostro bajo una capucha. Después hicieron una gran celebración, en la que hubo toda clase de viandas, excepto perdices, pues hacía años que habían desaparecido de la comarca. Ese mismo día el Lobo, ya recuperado de su herida, entró en la oscura prisión por cumplir la pena por el asesinato de la Abuelita.

Desde la extraña desaparición de sus padres cinco años atrás, el Leñador había vivido solo en su cabaña en medio del bosque. Así que la pareja se fue a vivir allí, a pesar de que la familia y las amigas de Caperucita tenían su casa en el pueblo. Mientras él cortaba árboles, ella se pasaba el día limpiando y arreglando la casa que, según Caperucita, se encontraba en un estado penoso por la continuada dejadez del Leñador. Empezaron a tener discusiones sobre este asunto; según él, no era necesario limpiar y ordenar tanto; en cambio, a ella le resultaba insoportable vivir en aquella especie de pocilga.

Al terminar la faena diaria, el Leñador tomaba unas jarras de cerveza con sus amigos en la taberna, pero a Caperucita no le quedaban ni fuerzas ni ganas para bajar al pueblo a charlar con sus amigas, con lo que poco a poco fue quedándose aislada. El único consuelo que tenía era la visita ocasional de un Ermitaño que vivía en una cueva en las montañas, y con el que hablaban de plantas medicinales. Sin embargo Caperucita tenía que hacerlo a escondidas del Leñador, que pensaba que el Ermitaño sólo le llenaba la cabeza de mandangas.

Si el día en la cabaña era triste, el crepúsculo traía algo peor. Ya en la noche de bodas, Caperucita se dio cuenta de que la fuerza con la que el Leñador cortaba los árboles no tenía su equivalente en su lecho. Ella intentaba hablar con él de este tema, pero el Leñador se negaba, y la distancia entre ellos fue haciéndose insalvable. Él la quería, pero a su manera, que era una forma distinta a como ella esperaba ser amada. Además, hacía tiempo que él había notado que oler el sudor de sus vigorosos compañeros usando el hacha despertaba en él sentimientos más allá de la pura camaradería.

Caperucita fue transformando la imagen de héroe salvador en la de un simple desconocido. Encima, cada vez el Leñador pasaba más tiempo en la taberna del pueblo, volviendo a menudo borracho a la cabaña. La cama compartida se convirtió simplemente en un mueble para dormir uno al lado del otro.

Entretanto, el Lobo empleaba el tiempo a la sombra en reflexionar sobre su pasado, hasta comprender que haberse dejado llevar por sus instintos animales no le había dado muy buenos resultados. Así que, a su manera, se fue liberando de su pasado: en su mente pidió perdón a la Abuelita, olvidó a Caperucita y perdonó al Leñador. Y decidió que si algún día salía de allí, dejaría atrás la angustia de su pasado, se marcharía muy lejos del pueblo y empezar una nueva vida.

Durante las interminables y aburridas horas que Caperucita pasaba en casa, empezó a pensar en el Lobo: en lo mal que lo debía estar pasando en su celda y que en el fondo no debía ser tan malvado. Incluso tuvo pensamientos furtivos sobre haberse dejado seducir por él. No habría sido el hombre (o mejor dicho, el Lobo) de su vida, pero habría sido un romance inolvidable, lleno de desbordante pasión y sensualidad. Y cada vez que estos pensamientos irrumpían en su mente, hacían que la aventura imaginada fuera más fantástica, romántica y deseable.

Pasaron diez años hasta que una tarde el Lobo salió de la prisión por buena conducta. Se encaminó hacia su futuro lejos de ahí. Pero el único camino que salía del valle pasaba por el bosque, así que no fue nada extraño que, sin pretenderlo, el Lobo coincidiera con Caperucita en un claro, donde ella estaba recogiendo raíces. En un instante las miradas se cruzaron y, sin dar tiempo a que su cabecita pensara qué hacer, Caperucita (Roja) se abalanzó sobre el Lobo (Feroz) con la pasión y fuerza acumulada de años y años de fantasías reprimidas. El Lobo trató de detenerla pero no tardó en rendirse ante el ímpetu que le hacía frente. Después los gemidos y gritos de ambos estremecieron a las mismísimas rocas ígneas de la montaña, que no sentían nada parecido desde las últimas erupciones volcánicas y seísmos tectónicos. Incluso una bandada de perdices, que acababa de llegar a la comarca, huyó volando despavorida.

Al cabo de un tiempo la calma volvió a la espesura, y ambos quedaron tendidos sobre la capa blanca de Caperucita, exhaustos y con la mirada perdida entre el cielo y las copas de los árboles. Sólo se oía el canto de unos pajaritos que salían de su nido a investigar qué había sido aquello que acababa de conmocionar todo el monte.

A una milla de allí, el Leñador atravesaba el bosque hacia su casa. Iba bebido y por eso se desvió de su camino habitual, yendo a caer por casualidad en un hueco que en seguida identificó como la antigua guarida del Lobo, que nunca había sido descubierta. Entre los restos vio unos huesos llenos de marcas de colmillos y garras, cubiertos por ropas raídas, muy parecidas a las que llevaban sus padres el fatídico día de su desaparición. A la embriaguez se sumó la furia, que se volvió incontenible cuando en el suelo del claro cercano le pareció ver al Lobo atacando a Caperucita, consumando el crimen que había dejado pendiente diez años atrás. Sin dar tiempo a que ninguno de los dos abriera la boca, descargó su hacha repetidas veces sobre el Lobo, hasta que los gritos del animal fueron sustituidos por los sollozos de Caperucita.

El Leñador, que sintió que recuperaba su papel de héroe salvador, cogió en brazos a Caperucita y se la llevó a la cabaña. Ella lloró esa noche, y siguió llorando cada noche durante mucho tiempo. Y en el claro del bosque, donde las perdices no han vuelto nunca más, el Ermitaño encontró sobre la capa blanca el cadáver del Lobo, cuya sangre había dejado toda la caperuza roja.

2 comentarios:

  1. Un cuento muy ameno y divertido, aunque el final quizás es un poco triste.

    Genial Jordi !!

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  2. Jordi, una adaptación genial y muy creativa de Caperucita y el Lobo, me gusta mucho cómo tejes y destejes, la historia en la cabeza de los personajes, vamos que me ha gustado y mucho.

    Bravo...

    Un abrazo Amigo

    Todo lo Mejor

    Alberto

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