31 dic. 2010

Jugando en el Parque Infantil


- ¡Ven, cariño, deja de jugar y vámonos de aquí! ¿No sabías que cuando oscurece, las brujas y los fantasmas invaden este parque infantil?-.Juanito montaba un veloz corcel a través de las llanuras del lejano Oeste, pero salió del trance del juego en cuanto mamá pronunció esas palabras. Levantó la cabeza y creyó ver una sombra huyendo en la oscuridad; se asustó y corrió hacia su figura protectora.



Nombrar a los fantasmas fue lo primero que se le ocurrió a Teresa para convencer a su hijo para que dejara de jugar y se fueran a casa, a pocos metros de la plaza donde estaba el parque infantil. Era una tarde del veintidós de Diciembre y ella había tenido muy mal día: no le había tocado la Lotería de Navidad, ni su jefe le había mencionado que habían firmado un contrato de publicidad con un nuevo cliente. De hecho, hacía tiempo que ella no tenía un buen día; hacía menos de un año que se había divorciado y trabajar fuera y dentro de casa no era una tarea sencilla. Por otro lado, Teresa parecía ser esa clase de personas que van siempre en modo “acelerado” y “con todo bajo control”, ya fuera para coger el autobús o para jugar con su hijo. Ya eran las ocho de la tarde: tenía que bañar al niño, tenía que darle de comer y tenía que arreglarse para la cena de Navidad de empresa de esa noche. Sobretodo tenía que estar maravillosa si quería convencer a su jefe de que le asignara la nueva cuenta. Y el dichoso juego de Juanito estaba retrasando todos sus planes.


Al cabo de una hora Juanito estaba jugando con la cena, sumergiendo una y otra vez la cuchara en el puré de verduras, como un héroe ancestral luchando contra las mortales alimañas de una laguna pútrida y cenagosa en las baldías tierras del norte.


- Mamá, ¿los fantasmas y las brujas existen? ¿Y por qué van al parque infantil?


- Sólo se aparecen a los niños malos, para castigarles. Tú no debes preocuparte: sé que eres un niño bueno. – Dijo Teresa mientras iba de un lado para otro de la casa acabándose de arreglar. «¿Dónde habré dejado esos pendientes rojos que tanto me gustan? Estos zapatos nuevos me aprietan, debería haberlos estrenado antes. Sigo con el mismo perfume que me regaló mi ex, ya es hora de buscarme uno nuevo. Ufff… Espero que este año no me toque sentarme con el baboso de Vázquez de contabilidad, ¡estuvo tocándome el brazo toda la noche!»


Juanito quería continuar la conversación porque la respuesta de su madre no le había convencido, pero entonces llamaron a la puerta. Era Ana, la abuela, que venía hacer de canguro. Teresa la saludó casi sin mirarla y dio a su hijo una especie de beso en la mejilla – si es que se le puede llamar así a un furtivo contacto para evitar tener que retocarse con el pintalabios–. En voz alta repasó las instrucciones para cuidar al niño – el mismo ritual de siempre, en el que Ana simulaba estar escuchando con gran atención, como si fuera Moisés recibiendo de Dios los diez mandamientos. Cogió el bolso y el abrigo y con un portazo Teresa desapareció, dejando una bruma de serenidad y mansedumbre flotando en el ambiente de la silenciosa casa.


Más tarde la abuela le estaba contando un cuento a Juanito en la cama. Ella notaba que el niño no le prestaba la atención habitual y que su cara mostraba inquietud. La abuela paró de leer y le dijo: - Cariño, ¿hay algo que te preocupe?


- Ummm… pues sí abuelita, ¿los fantasmas y las brujas existen? ¿Es verdad que se aparecen a los niños malos? ¿Y por qué van al parque infantil de noche?


Ana sonrió - No te preocupes Juanito. Los fantasmas y las brujas sólo se aparecen en las mentes de las personas que les dan vida. Y no todos son malos -. Y pensó: «¿De dónde habrá sacado este niño esa idea tan rara de que van al parque de noche?»


La respuesta de la abuela fue más clara que la de mamá, aunque tampoco le dejó del todo satisfecho. En seguida se olvidó del asunto y en unos minutos se quedó profundamente dormido.


Pasadas las dos de la madrugada Teresa volvía a casa después de la cena. La acompañaba su jefe Manuel y los dos iban un poco achispados. Él pensó que era el momento oportuno para enrollarse con ella. Y ella pensó que era el momento oportuno de pedirle la cuenta del nuevo contrato.


- Manuel, ya sabes que hace muchos años que estoy trabajando duro en la empresa y que nunca te he pedido nada, ni siquiera un aumento de sueldo. Y a pesar de lo difícil que ha sido para mí divorciarme, en ningún momento de este año he dejado que eso afectara ni a mi productividad ni a mis resultados.


Adelantándose torpemente a la siguiente frase, Manuel respondió con un discurso que, de tanto pronunciarlo, se había convertido en una especie de automatismo: - Teresa, ya sabes que hace tiempo que te considero una de mis mejores colaboradores y que en cuanto haya una plaza libre para tu ascenso, te voy a recomendar. Sin embargo la empresa no se plantea crear nuevos puestos por ahora…


- Te lo agradezco, Manuel, pero no se trata de eso. Sé que esta semana habéis firmado un nuevo contrato con Zandra, el imperio textil que hasta ahora nunca había hecho publicidad. Creo que soy la persona ideal para llevar esa cuenta. Y me lo merezco.


- Umm.. Teresa, no sé qué decirte… eres muy trabajadora, y si por mi fuera, ya sabes que te la daría; pero creo que nuestro director general no estaría de acuerdo con eso - las “pelotas fuera” eran otra de las especialidades de Manuel. Y continuó con el gastado argumento de la crisis – eeeeeee... sabes que estamos en tiempos muy difíciles… sin ir más lejos el mes pasado tuvimos que despedir a la mitad del personal de la delegación de Valencia… No hace falta que te diga lo importante que es para nosotros este nuevo cliente; nos la jugamos y no podemos meter la pata...


- Lo entiendo Manuel, pero siento que este es mi momento. Estoy preparada y no te defraudaré.


- Bueno, en todo caso tendríamos que hablar de este tema con más calma…


El patético instinto depredador de Manuel le indicó que su presa estaba indefensa y que podía atacar. Hacía tiempo que iba detrás de ella. Hasta ese momento ella había podido esquivar lo que cualquier juez hubiera sentenciado como ʺacoso sexualʺ. Sin darse cuenta, dio un paso hacia el abismo: con su brazo rodeó la cintura de Teresa.


Ella lo separó: - ¿pero qué diablos haces?


A pesar del rechazo, el alcohol que circulaba por las venas de Manuel le permitió decir lo que pensaba: - Pues he hecho simplemente lo que esperabas que hiciera. Llevas una temporada insinuándote y sé que te sientes atraída por mí.


Teresa no salía de su asombro: - ¿Estás loco o qué? Lo único que he hecho es ser amable y nada más. ¡Estás enfermo! ¿Qué pensaría tu mujer de todo esto?


Él la desafió: - No te atreverás a decir nada, y menos ahora con el nuevo contrato pendiente de asignar…


Y gritando “¡Imbécil!” Teresa se marchó caminando a prisa. – ¡Espera! - gritó Manuel mientras corría detrás de ella.


Teresa ya llegaba a casa. Al cruzar la plaza pasó por delante del parque infantil: - Aquí deberían estar mi jefe, mi “ex” y la mayoría de hombres de mi vida… ¡No son más que críos estúpidos con pretensiones de ser hombres!


¡Nang, nang, nang!… Sonaron las tres de la madrugada en una iglesia cercana. Juanito dormía y soñaba que estaba en el parque infantil. Iba en pijama, estaba oscuro y hacía frío. Silencio, sólo una ligera brisa. Empezó a escuchar unas risas macabras a lo lejos, y desde el cielo llegaron tres brujas montadas en sus veloces escobas. Dieron tres vueltas alrededor del niño y se quedaron jugando y riendo en los columpios. Todavía estaba intentando entender la situación cuando de la corteza de un árbol cercano vio como empezaba a manar un humo blanco, que terminó formando tres fantasmas. Uno tras otro atravesaron su cuerpo y se montaron en los animalitos de madera. Asustado, intentó huir pero sentía un intenso dolor y algo no le dejaba avanzar; miró al suelo y vio unas manos amoratadas que emergían de la tierra y que le aprisionaban los tobillos. A su alrededor brotaron más manos, brazos y cuerpos deformados… hasta que Juanito descubrió que pertenecían a unos muertos vivientes…


En el parque, Manuel alcanzó a Teresa. Correr le hizo despejarse un poco: - Perdóname, quizás esta noche he bebido demasiado así que… - Y no pudo terminar la frase porque sus cuerdas vocales quedaron congeladas al ver lo que surgía detrás de ella. Un remolino de bruma negra de unos tres metros de altura iba tomando forma. Tenía los bordes desenfocados y cada vez parecía más humanoide. Era algo mucho más oscuro que la mismísima noche. Al mismo tiempo un ruido asincrónico y rechinante empezó a subir de volumen en sus oídos. Manuel se mojó los pantalones y salió corriendo, sin tiempo a darse cuenta del origen de su inmenso terror. Dos pequeñas manchas rojas a modo de grotescos ojos, que llameaban recordando el tenebroso origen de la bestia: el mismísimo corazón del Infierno.


Teresa se giró y lanzó un grito estremecedor que no afectó en absoluto a la silueta monstruosa. Corrió, se le rompió un tacón y cayó en el suelo arenoso. La figura se le acercaba lenta y amenazadoramente. Estaba paralizada, presa de un horror propio de tiempos ya olvidados. Tiempos de superstición y hechicería.


Juanito ya se encontraba cubierto por innumerables manos que arañaban su piel. - ¡Tling, tling, tling! - En su habitación sonó un juguete musical que acababa de agotar sus pilas. Unas notas leves pero suficientes para que empezara a salir de su terrorífica pesadilla.


A un centenar de metros, en el parque infantil, Teresa seguía tendida en el suelo. La figura demoníaca estaba cada vez más cerca de ella. El ruido metálico no cesaba, y ya resultaba magnético. El engendro satánico se aproximó tanto que Teresa pudo sentir su pútrido aliento; un hedor a almas desgarradas durante milenios de sufrimiento.


En el instante en que las fauces de la bestia iban a devorar a Teresa, Juanito terminó de volver al mundo de la consciencia. Entonces, ante la mirada atónita de Teresa, la figura lanzó un grito agónico y se esfumó, reclamada por las voces de las Tinieblas.


Teresa respiró hondo e intentó tranquilizarse, aunque no fue capaz de dejar de temblar. En su cama, Juanito volvió a dormirse, sin siquiera acordarse de los fantasmas ni de las brujas. Se durmió con una sonrisa en los labios, porque sabía que al día siguiente no tenía que ir al cole y podría estar jugando en el parque infantil.

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