El fin de los días

Atrincherado en la desvencijada oficina de una gasolinera abandonada, estoy cansado de huir y tan sólo espero a que esta pesadilla termine de una vez por todas. Con la ropa hecha jirones, no recuerdo ya la última vez que me tomé una ducha caliente. Desde la pared, una chica medio desnuda de pícara sonrisa me señala que estamos en noviembre de 2025. A través de una rendija en una ventana tapiada veo el sol en un cielo despejado. Siento el sofocante calor de la árida llanura. El rugir del viento levantando polvo es lo único que rompe el silencio. Aprovecho para pegar un bocado a un pedazo de carne ahumada que saco de mi bolsillo y lo acompaño con un sorbo de agua de mi cantimplora. Aunque todavía no han aparecido, sé que tarde o temprano ellos me encontrarán. El fin de los días está cerca.

La Lechera

Blanco diluyéndose.

La leche se deslizaba por sus cabellos y, tras fundirse con las lágrimas de enojo que brotaban de sus ojos, empapaba la tierra yerma. María la lechera yacía tendida en el suelo, más herida por la caída que por el dolor que sentía en su antebrazo. Sentía que esta vez se había hecho daño de verdad. El olor de la leche humedeciendo la tierra la indujo a rememorar otra situación, hace mucho tiempo, a partir de la cual, su mundo, tal y como ella lo conocía, nunca volvería a ser el mismo.

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