La Torre de Babel



“¡Cagüentó! – Exclamó Dios - ¡Parece que estos palurdos de aquí abajo estén esperando a que me eche la siesta para empezar a hacer ruido con sus martillos y picos! ¡Malditas reformas! ¡No aguanto esto ni un día más! ¡Ahora mismo llamo a uno de mis contactos de ahí abajo!



En ese mismo instante el profeta Miqueas estaba sentado en la entrada de la gruta en el desierto, que le había servido de cobijo durante los últimos cinco años de ermitaño. Se maravillaba al pensar que “Dios aprieta pero no ahoga”, pues había tenido la bondad de hacer crecer justo delante de su cueva el único arbusto con frutos silvestres que existía en millas a la redonda. De repente un rayo partió el arbusto en dos y lo convirtió en cenizas. Le siguió una voz atronadora voz que desde la alturas se dirigió a él: -Miqueas, te ordeno que te dirijas a la ciudad de Babel y te presentes al rey Nemrod; ordénale que detenga las obras de edificación de la Torre, pues esa construcción no me complace; es una ofensa a vuestro Creador y una muestra de la arrogancia del ser humano”.


- ¡Oh, Yahveh! – Contestó Miqueas aturdido – ¡llevo cinco año de privaciones en este paraje desértico y esperando una señal tuya! ¡Gracias por mostrarte ante tu humilde siervo! Ahora mismo empaqueto mis cosas y me voy a la ciudad-. Y más que empaquetar, Miqueas cogió su bastón y un trozo de tela que envolvían a los últimos frutos del arbusto y marchó hacia Babel.


Al acabar el mensaje celestial, Jehová rió para sus adentros. Y es que no podía admitir que realmente el motivo de su disgusto era algo mucho más banal: el ruido de los constructores de la Torre le molestaba mientras hacía la siesta. Siglos atrás, cuando el Todopoderoso diseñó su hogar en las alturas, decidió ubicar lo que Él llamaba “salita del descanso” en las nubes situadas justo encima de una llanura en la tierra de Sinar, pues se trataba de una región bastante silenciosa, sin volcanes ni terremotos, donde además soplaba una cálida brisa. Pero esas mismas cualidades fueron las que hicieron decidir al monarca hebreo Nemrod para fundar ahí la capital de su reino, a la que llamó Babel.


Después de trece penosos días de caminata, el profeta llegó a la que había sido su ciudad antes de recibir la iluminación. Conocía bien al monarca y a sus súbditos. Para variar, se encontró con las calles llenas de jolgorio; se abrió paso hasta la plaza mayor, donde el rey Nemrod y sus amigos estaban celebrando su cumpleaños.


- Majestad, no sé si os acordareis de mí; soy el profeta Miqueas, que hace cinco años marchó al desierto a expiar los pecados de los babelenses y de vos mismo. He rezado día y noche sin descanso, me he alimentado sólo de algunas raíces y por bebida sólo he tenido el agua del rocío.


- Ya me acuerdo de ti – Contestó el rey - te pasabas el día dándonos sermones, sobre que debíamos seguir los mandatos de los rabinos en vez de divertirnos. Nunca entendiste que todos trabajamos muy duro, y por eso nos gusta dedicar nuestro tiempo libre a la diversión y al cachondeo en general, pero siempre respetando a los demás. Y más que marcharte al desierto, creo recordar que te echamos de la ciudad por pesado.


- Me apena ver que persistís en vuestras blasfemias; sigo diciendo que ese cachondeo no es del agrado del señor. Pero no he venido a hablaros de eso. Vengo por algo mucho más importante.


- Y dime, ¿qué es eso tan importante para interrumpir nuestras celebraciones?


- Tras muchos meses de implorarlo, al final el Altísimo me ha hablado. Y lo ha hecho con estas palabras: “Dile al rey Nemrod que cese en su vida licenciosa y la construcción de la Torre, o de lo contrario mandaré siete plagas que destruirán a tu pueblo”. - La parte de “la vida licenciosa” fue un añadido del propio Miqueas, para aprovechar la fuerza del mensaje divino para sus intenciones particulares.


Buff – sopló el rey – No sé si te acuerdas, Miqueas, pero hace años “tu dios” nos envió otro de sus “calurosos” mensajes; nos amenazó con enviarnos el Diluvio Universal si no nos volvíamos piadosos. Y tras consultarlo con todos los ciudadanos, decidimos no ceder ante sus amenazas, y construir una Torre donde refugiarnos de su ira. Por cierto – continuó el monarca, cambiando el tono serio por otro más jocoso – si vuelves a hablar con Él, dile que a ver si alguna vez, aunque sea por casualidad, nos envía alguna comunicación un poco más positiva y menos amenazante.


- ¿Cómo osas hablar así al mensajero de las alturas? ¡Sin duda alguna recibiréis vuestro justo castigo!


Y Nemrod, ignorando estas últimas palabras, se dirigió al pueblo: - A ver, ¿Queréis que nos volvamos más religiosos o preferís seguir construyendo nuestra Torre?


¡La Torre, la Torre! – gritaron al unísono las masas.


- Ya lo ves, Miqueas – señaló el rey – no puedo ir en contra de la voluntad de mi querido pueblo. De todas formas, agradezco profundamente tu penitencia y tus palabras. Por favor, vuelve al desierto y estate atento a ver si Dios te comunica algo más. De paso, llévate contigo a todos los rabinos. ¡Ah! Y no tengáis prisa en volver a la ciudad.


Miqueas volvió al desierto y habló con Dios. La respuesta recibida hizo que el Creador montara en cólera e hizo lo habitual en estos casos; mandó reunir de urgencia al consejo de arcángeles. Al cabo de una hora Miguel, Gabriel y Rafael se dirigían al gran salón del trono celestial:


- A ver que quiere esté ahora… seguro que otra vez será un tema “de la máxima importancia” – ironizó Miguel a Rafael.


- Os he reunido por un asunto de la máxima importancia – dijo Dios – tenemos que dar un escarmiento a Nemrod y a los habitantes de Babel, porque me están desafiando con la construcción de una Torre para alcanzar el cielo. He decidido enviarles el Diluvio Universal.


Miguel intervino – Eso no podrá ser; la máquina de crear diluvios todavía no está lista; falta hacer algunos ajustes técnicos, que pueden tardar entre dos y tres meses. Además, ¿con eso no castigaríamos a toda la humanidad? ¿No sería un poco excesivo? ¿Y si en su lugar lanzamos un rayo contra la Torre?


Excelente idea – afirmó Dios.


Y Dios convocó a la tormenta y lanzó un rayo sobre la Torre, con tanta mala suerte que coincidió con un día festivo, y los daños fueron mínimos.


En el siguiente consejo de urgencia, Rafael pidió la palabra paras sugerir una nueva solución:


- Los hombres son muy dados a darle a “la sin hueso”, y a enzarzarse en discusiones y bregas que no llevan a ningún sitio. Así que mi propuesta es hacer que entre ellos hablen diferentes lenguas, no se entiendan entre sí y así la confusión les lleve a abandonar la construcción.


- Me parece una gran idea – aprobó Dios – De hecho yo estaba pensando en algo similar-. Y Dios abrió el libro de las lenguas y dejó que un remolino de palabras saliera volando hacia las bocas de los ciudadanos de Babel.


La ciudad despertó llena de alboroto; los padres no entendían a sus hijos adolescentes, los trabajadores no entendían a sus jefes, y los hombres no entendían a las mujeres. En la Torre, las obras quedaron paradas porque no había forma de que el arquitecto coordinara la actividad de los albañiles. La necesidad de comunicarse le hizo espabilar, y tras estrujarse los sesos un buen rato, al arquitecto se le ocurrió que en vez de ir de aquí para allá indicando cómo debían hacerse las cosas, podía dibujar unos planos que sirvieran de referencia para todos.


Mientras tanto, Nemrod se dio cuenta del problema que tenían con las lenguas y convocó a todos los ciudadanos. Mediante gestos, les propuso elegir una lengua común; la más sencilla, con palabras cortas, sin declinaciones, cuyos verbos fueran fáciles de conjugar y en las que los sustantivos no tuvieran género. Todos estuvieron de acuerdo en adoptar esa lengua como la oficial de Babel.


Esta decisión, juntamente con la confección de los planos, hizo que no sólo que se reanudaran las tareas de edificación, sino que éstas fueran a un ritmo más alto. Y como consecuencia, el enojo de Dios durante sus siestas se agravó.


En el tercer consejo de urgencia de los arcángeles, el humor del Todopoderoso estaba al límite de explotar. Necesitaba una solución ya. Gabriel, el más avispado de todos, se acercó y le susurró una solución a Dios, que asintió en señal de aceptación – ¡Ponlo en marcha ahora mismo, esta vez estos babelenses se van a enterar de quien manda aquí! Gabriel fue al armario de las figuritas humanas, cogió dos de ellas y, insuflándoles vida a través de su aliento, y las puso en el camino que iba a Babel. Sonrió; el astuto plan de Gabriel estaba en marcha.


A la mañana siguiente llegaron a la ciudad dos extranjeros, llamados Asiel y Jeremías. El primero se dirigió a las obras de la Torre a pedir trabajo y fue contratado como albañil. El segundo se dirigió al palacio real, a pedir audiencia al rey. Cuando la obtuvo, se dirigió al monarca con estas palabras:


- ¡Oh, gran Nemrod! Se presenta ante ti Jeremías, un hombre de bien de las tierras de Aztacán. Hasta allí han llegado las nuevas de tu gran Torre, y me complacería ayudar a su construcción. Sé que andáis escasos de recursos, y tengo un plan para acelerar las obras y terminar tu gran proyecto lo antes posible.- Y sin dejar a que el rey articulara palabra, hizo que dos esclavos trajeran una formidable maqueta.


- Os presento “Jardines de Babelia”- dijo Jeremías con una potente voz.


El Rey quedó asombrado ante lo que veían sus ojos; rodeando a su Torre, se extendía una gran urbanización con zonas verdes, ríos, lagos y pequeñas casas unifamiliares que parecían versiones reducidas de la gran Torre.


Jeremías prosiguió la explicitación: - “Jardines de Babelia” será el lugar de residencia de los más ricos de la región, pues además de las esplendidas instalaciones, tendrán un acceso directo a refugiarse en la Torre en caso de Diluvio. Sólo tenéis que autorizarme que construya en los terrenos aledaños, y yo por mi parte me haré cargo de la construcción de la atalaya, sin ningún coste por vuestra parte-. Nemrod no pudo hacer otra cosa que aceptar.


Lo primero que hizo Jeremías fue de derruir todas las casas que rodeaban a la Torre; para ello necesitó la ayuda de un regimiento de tropas del reino porque sus propietarios no querían abandonarlas. Las obras de la Torre se paralizaron porque todo el personal fue destinado a Babelia. El malestar empezó a extenderse entre los babelenses, y aumentó cuando Jeremías desvió el agua que regaba los campos para crear los ríos y lagos artificiales de su urbanización. La campaña de publicidad fue muy agresiva, y la mayoría de “Torrecillas” (como denominaba él a las viviendas) fueron vendidas mucho antes de empezar su construcción.


Por su parte, Asiel se fue afianzando como líder de los trabajadores, y empezó a exigir aumentos de paga, más días libres y reducción de turnos. Se enfrentó con Jeremías hasta que el conflicto desembocó en una huelga general, que se prolongó durante dos meses. Las reuniones entre el promotor y el líder de los obreros se sucedían pero no llegaban a ningún acuerdo, hasta que Jeremías dijo: -Asiel, esta situación no es sostenible; tenemos que buscar una manera para que ambas partes salgan beneficiadas-. Tras una corta deliberación, llegaron a un entendimiento. Y esa misma noche, aprovechando que no había luna, Jeremías y Asiel huyeron juntos de la ciudad, llevándose consigo los pagos adelantados de los futuros habitantes de los Jardines de Babelia; dos grandes sacos llenos de monedas de oro.


Al darse cuenta del engaño Nemrod se enfureció como nunca. Gritó al cielo clamando justicia. Dios le oyó, y como para entonces la máquina del Diluvio ya estaba lista, avisó al justo Noé para que ultimara los preparativos de su Arca y lanzó su venganza contra el pobre Nemrod. Cuando el agua les llegaba por las rodillas, todos los babelienses corrieron a la Torre, pero no les sirvió de nada; la construcción estaba medio derruida, porque Jeremías había usado cemento barato y además se había llevado la mayoría de su estructura para construir los Jardines de Babelia. La Torre y las esperanzas de Nemrod se hundían en el lodo.


A punto de resignarse a la aniquilación de su pueblo, Nemrod se acordó de un episodio de su infancia; él y su hermano flotando en el río, agarrados a unos odres llenos de aire. Sin perder tiempo reunió a su pueblo y entre todos construyeron unas barcas a base de odres hinchados.


Cuarenta días después, Dios reunió satisfecho a sus arcángeles:


- ¡Buen trabajo, chicos! Gracias al Diluvio, sólo Noé y su familia han sobrevivido. A partir de ahora no tendré que preocuparme más por humanos que me desafíen o que me tomen en broma.


Gabriel, que llegaba tarde a la reunión, entró corriendo y susurró al oído del Todopoderoso una inesperada noticia: gracias a unos extraños artilugios, los babelenses habían sido capaces de sobrevivir al Diluvio Universal.


“¡Cagüentó! - Exclamó Dios, mientras los tres arcángeles no podían disimular su risa.

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