Una historia sepultada



El manuscrito llegó a mis manos por casualidad. Fue en 2009, en la biblioteca del Monasterio benedictino de Agualuces, mientras me estaba documentando para escribir una novela sobre la vida de Fray Luis de Guareña. Lo hallé en muy mal estado, medio aplastado por una copia del “De virtutibus et vitiis libellus” de Aristóteles. Así que tardé algunos días en recomponer las páginas y reconstruir el insólito relato. Un relato que, de no haber sido enterrado por orden del monarca Felipe II, habría hundido al mayor Imperio del siglo XVI.



Las primeras hojas estaban intactas, por lo que fácilmente interpreté que todo empezó en la primavera de 1585 en las tierras de secano del sureste de Castilla. El texto se inicia con el testimonio de un pastor llamado Benito:


“Era un día soleado y sin viento. Descansaba bajo una encina junto al cerro de Cruces cuando se levantó una ventisca, y una enorme nube ardiente apareció en el cielo. Producía un zumbido muy molesto y poco a poco fue bajando hasta tocar tierra. Entonces empezó a esfumarse y en su lugar aparecieron siete figuras. Tenían la altura de diez hombres y sus cuerpos estaban cubiertos por completo por resplandecientes armaduras plateadas. En su cabeza, un casco impedía ver su rostro, aunque dentro se entreveía una intensa luz celeste. De pronto el viento hizo girar las aspas de un viejo molino cercano, que empezaron a chirriar. Una de las figuras giró su cabeza hacia la construcción y de sus ojos salió un rayo que la convirtió en cenizas. Sin dudar ni un momento salí corriendo para Arganzuelos a contárselo al alguacil, que me tomó por loco. Después fui a ver al cura, Don Fulgencio, que también había sido testigo de los hechos desde una posición más elevada, junto a la ermita de Santa Úrsula. Según él, que había estudiado los textos sagrados, esas figuras debían ser arcángeles enviados por Dios para darnos algún mensaje.”


A partir de aquí, el texto se vuelve a menudo ininteligible, por lo que voy a hacer un extracto de lo descrito:


Los arcángeles permanecieron inmóviles varios días. Desde la sede episcopal, el obispo Mendoza recibió el consejo de varios expertos en teología y al final concluyó que “tales criaturas sólo podían ser de naturaleza luciferina”. Así que el Santo Oficio debía tomar cartas en el asunto. Mandó llamar al padre Urrutia, inquisidor del Tribunal provincial.”.


Urrutia era diligente en sus tareas. Fue fácil descubrir quien había convocado a los hijos de Leviatán; era Zaida, una arpía que vivía en una cueva en el bosque y que preparaba extraños brebajes. La presunta bruja fue juzgada con prontitud y condenada a la hoguera. Mientras la pira de leña empezaba a arder, el inquisidor, satisfecho por el deber cumplido, se dirigió a los congregados para tranquilizarles:”.


-Hermanos, no sufráis más por esta pecadora, pues las llamas purificarán su alma impía. Gracias al Altísimo, el peligro ya pasó. Pues debéis saber que con la muerte de la bruja, el pacto contraído con Satanás queda anulado, y por tanto las siete demonios plateados volverán de inmediato al Averno.”.


Pero al parecer el pacto debía tener alguna cláusula que lo hacía indefinido, pues los “demonios plateados” seguían en medio del campo. Desesperado, el padre Urrutia subió a la ermita e invocó la ayuda de Santa Úrsula. Al poco de estar rezando, se le apareció una figura blanca que le dijo:”.


-Hijo mío, hallareis la salvación si vais en procesión con la imagen del Arcángel Miguel hasta los pies de los demonios plateados.”.


Así se hizo. En cuanto llegaron a un cuarto de legua de los colosos, el inquisidor se dirigió a ellos en tono desafiante:”.


-¡Bestias del inframundo, por el poder infinito de Cristo, nuestro redentor, os conmino a que volváis a vuestro mundo de tinieblas!”.


Hubo unos instantes de expectación, en los que ni humanos ni monstruos se movieron. El fraile levantó los brazos dando gracias al Señor y de inmediato fue fulminado (junto a la imagen del Arcángel) por siete rayos lanzado por los siete demonios. Todo el mundo salió huyendo y gritando, pero los gigantes no les atacaron.”.


La noticia llegó a oídos del rey, quien pensó que los invasores no eran demonios, sino algo muchísimo peor: modernas máquinas de guerra de Enrique III, monarca de Francia. Así que para aplastar al enemigo envió a las unidades militares que había aterrorizado a media Europa: los tercios españoles. Cuando las tropas todavía estaban a media legua, los gigantes empezaron a lanzar rayos. Casi no hubo supervivientes. La humillación fue mayúscula. A partir de entonces ya nada se interponía entre los invasores y la Corte Real, situada en el recién construido Palacio de Aranjuez.”.


A unas leguas de allí, el corregidor de Villabuena, Don Martín Carrasco, conocedor de las noticias, recordó que hacía cinco años Don Alfonso Quesada, un insigne caballero del pueblo, habían sido recluido en la casa de locos de las hermanas abductinas. Lo peculiar es que la causa del encierro fue que el pobre infeliz estaba obsesionado con una invasión de gigantes. Pasaba las noches encerrado en su laboratorio alquímico para, con la ayuda de su criado Sebastián Palencia, encontrar el arma definitiva que los salvaría. Su sobrina se quedó con todos sus bienes, siendo muy generosa con aquellos que la ayudaron a internar a su tío.”.


El corregidor partió hacia la casa de locos a ver al pobre recluso. Lo encontró en un estado deplorable:”.


- Don Alfonso, os visito para tratar un asunto de extrema gravedad.”.


-Ya nada que venga de ahí fuera me concierne – contestó hastiado don Alfonso.”.


-Siete gigantes nos están invadiendo. Ya han destruido a nuestro ejército. Sólo vos podéis detenerles.”.


Por un momento los ojos de Don Alfonso recobraron un intenso brillo, y no pudo disimular el asombro en su rostro.”.


-¿Mentecato, me estáis poniendo a prueba? ¿Quién os ha contado esa absurda leyenda?”.


-Como me imaginaba que no me creeríais, os traigo como prueba un retrato de los invasores hecho por un pintor local. El marco está un poco chamuscado. Por desgracia, el autor no pudo sobrevivir.”.


El loco miró el retrato y reconoció en él a las bestias que, noche tras noche, le hostigaban en sus sueños premonitorios. Aceptó ayudarle, con la condición de que una vez cumplida su parte, se le declarara cuerdo y recuperara sus bienes.”.


Atardecía cuando ambos se dirigieron al antiguo laboratorio del caballero. Antes pasaron por casa de Sebastián Palacios, que no tuvo ningún reparo en unirse a la aventura. ”.


El caballero convertido en alquimista empezó a destilar elixires y a forjar metales. Sebastián iba de aquí para allá siguiendo las órdenes de su maestro. Al alba el trabajo estaba terminado. Pero a Don Martín le pareció que todo el trabajo había sido una pérdida de tiempo, pues sólo habían fabricado una especie de lanza gruesa, que apenas haría cosquillas a los enemigos, y un escudo demasiado delgado para detener cualquier embestida. Don Alfonso montó en su caballo con la lanza y el escudo, y se dirigió al encuentro del enemigo. A poca distancia le seguían en un carro sus dos camaradas.”.


Al llegar al cerro de Cruces, el caballero salió al galope hacia los invasores. El primer gigante en avistarlo le lanzó un rayo, el jinete levantó el escudo y el rayo se reflejó como en un espejo, yendo a colisionar con su tirador. El gigante saltó en pedazos. ”.


Sin detener su paso, Don Alfonso arrojó la lanza, que en vez de caer a poca distancia, empezó a elevarse, dejando estelas de fuego y humo mientras se dirigían hacia otro gigante. Un instante después una luz blanca y un estruendo lo llenaron todo. Caballo y caballero quedaron tendidos en el suelo. Cuando recobró la visión, sólo había humeantes trozos de armadura desperdigados por el lugar que antes ocupaba el coloso. Los cinco restantes retrocedieron hacia la nube ardiente que acababa de formarse, que se elevó hasta desaparecer en el cielo.”.


Al cabo de una semana, el héroe fue recibido por el rey en la sala del trono del Palacio de Aranjuez. Tras la audiencia, fue acompañado a una estancia contigua, donde otro caballero esperaba ser recibo. Era un hombre afable y parecía estar muy interesado en la gesta de Don Alfonso, así que tuvieron una conversación animada.”.


Mientras tanto, en la sala del trono, el secretario real Antonio Pérez le susurraba a Felipe II:”.


-Majestad, esta victoria ha sido una gran hazaña, pero en ningún caso podéis permitiros que Francia e Inglaterra crean que nuestros ejércitos son débiles y pueden ser vencidos fácilmente. Además, en Aragón parece que se está fraguando una rebelión. Si así lo ordenáis, lo dispondré todo para que esta historia sea completamente sepultada. Los pocos testigos serán enviados como colonos a las Américas, y nuestro héroe volverá a la casa de locos; oficialmente diremos que su barco naufragó camino del nuevo mundo.”.


-No creo que eso sea suficiente para borrar la memoria de tan extraordinarios hechos – dijo el rey.”.


-No os preocupéis, pues para eso también tengo solución; he contratado a un escritor, antiguo militar, para que reescriba los hechos de manera conveniente a los intereses de su alteza. Nuestro héroe se transformará en un esperpéntico lunático que lucha contra enemigos imaginarios. También me encargaré de que el libro sea conocido por doquier. Ahora os presentaré al novelista, pues está esperando para recibir vuestro beneplácito.”.


Y mientras Don Alfonso era arrastrado a las mazmorras de palacio, las puertas de la sala del trono se abrían para que un lacayo anunciara:”.


-¡Su graciosa Majestad recibe en audiencia real a Don Miguel de Cervantes Saavedra!”.



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