La habitación cerrada



Me aferraba a la cita diaria con aquella desconocida como la única esperanza de que existiera algo más allá de la nauseabunda mediocridad que empapaba mi vida. Era otoño de 1902. Cada día, al llegar la hora que nunca fue convenida, me acercaba al umbral de la habitación cerrada. Me arrodillaba con cierta veneración y acercaba mi cara hasta notar la puerta.


Silencio y sólo silencio. Hasta que el leve roce de su vestido de seda contra el otro lado de la puerta desterraba la incertidumbre. La mujer reclusa estaba ahí, puntual como siempre. En un encuentro de dos almas sin miradas que cruzar, sin frases que oír ni pronunciar, sin manos que acariciar. Una cita de los pequeños sonidos y las ligeras sensaciones, alzándose en rebelión contra la tiranía de las imágenes y las palabras.


Y en mi bolsillo, una llave. La clave para liberar a esa joven de su penitencia y desvelar su identidad. Y una cerradura en la que se insertaba mi miedo a desgarrar el misterio que me mantenía dulcemente cautivo.



¿Cómo empezó todo? Mi mente tan sólo retiene un turbio recuerdo. Ocurrió después de un arrebato de furia tras una discusión con un compinche, cuando fui a caer sobre la alfombra junto a la puerta y me golpeé la rodilla contra una cómoda. Me quede embobado mirando las desconchadas molduras de la pared. No sé cuánto tiempo estuve así. Me despertó una presencia femenina casi imperceptible al otro lado de la madera, en la habitación cerrada. Me disponía a preguntarle su nombre pero presentí que sería un sacrilegio romper ese silencio. Y así permanecimos un buen rato, hasta que ella me susurró su triste situación: estaba encerrada contra su voluntad por motivos que no podía revelarme, y me pidió que por favor acudiera cada día a consolarla; sin palabras, sólo con mi simple presencia.


La lastimosa situación de la cautiva me había inspirado compasión, así que al día siguiente volví a la misma hora, pero ella no apareció. Las semanas sucesivas estuvieron llenas de desencuentros; cuando yo iba ella no estaba y viceversa. Poco a poco nuestras citas fueron acompasándose hasta llegar a una sincronía casi perfecta.


Cada cita era igual y al mismo tiempo totalmente diferente a la anterior. Mientras esperaba, unas veces me quedaba hipnotizado por las caprichosas formas de las manchas de humedad en el papel pintado. Otras veces me centraba en la mezcla de olores que, con el tiempo, fui capaz de desgranar en sus elementos más sutiles; pintura reseca, madera humedecida, polvo de madera que dejaba la carcoma en su viaje a ninguna parte, la alfombra que ya se había fundido con el polvo que la cubría, y las cortinas de terciopelo carmín calentadas por los heroicos rayos de sol que conseguían atravesar las brumas que precedían al invierno.


Me imaginaba cómo había sido la vida de esa puerta. Al construirse aquella villa, la puerta debía sentirse orgullosa de haber llegado mucho más allá que otras maderas que sólo eran vulgares andamios. Sin embargo, con el tiempo debió darse cuenta de que a los humanos sólo le importaban las habitaciones, y que las puertas eran simplemente un obstáculo que superar, una inevitable línea entre dos mundos. Ahora debía sentirse hastiada de encontrarse ahogada bajo capas y capas de pintura. Capas que cada inquilino había aplicado con un color contrario al anterior, intentando estúpidamente dejar testimonio de su enorme personalidad.


Durante la entrevista muda no podía evitar, aunque fuera por unos instantes, palpar la llave en mi bolsillo. Entonces mi mente se alejaba de ahí, enredándose en una madeja de dudas alrededor del dilema maldito: liberarla a ella y salvarme a mí, o conservarla a ella y condenarme a mí.


Hasta el día de hoy. Porque cuando acudo a la cita siento que hay algo distinto; intuyo que me acerco a algún tipo de conclusión. La suave luz que se cuela entre la puerta y el suelo se interrumpe por un momento; una hoja de papel se desliza hasta mis pies.


Al coger la nota siento la aspereza de un papel humilde. Una tras otra las palabras van pasando ante mis ojos, y su tinta va ennegreciendo mi mente. Apresuradamente busco la llave en mi bolsillo. Se me cae de las manos y va a parar debajo de una cómoda. Palpo diferentes texturas blandas hasta dar con la llave. La meto en la cerradura, intento girarla. Cruje y se rompe. Me río y lloro; trato de esconder mi amarga rendición bajo carcajadas y sollozos.


En el suelo, junto a unos pedazos de madera con cierta forma de llave, la nota sigue gritando su mensaje:


"Mi querido desconocido,


Durante estos últimos meses he acudido cada día a nuestra silenciosa cita, y me he ido dando cuenta del gran sufrimiento que te atormenta. Trabajo como doncella de la señora, y aunque en diversas ocasiones le he preguntado, nunca me ha contado porqué te tienen encerrado; sea cual sea la causa, nadie merece vivir así. He buscado la llave tan presente en tus susurros, la que te permitiría abrir la puerta y liberarte. Ayer mismo la encontré, escondida en el joyero de la señora. Pero ella me descubrió y, creyendo que le estaba robando, me despidió. Explicarle que simplemente estaba buscando la llave sólo hizo que se enfureciera más.


Así que ahora debo marcharme y seguramente no volveré jamás. Deseo que pronto llegue el día en que te liberen. Después de todo este tiempo, todavía no se cómo te llamas. Para mi serás siempre el extraño recluido en la habitación cerrada."


Y al final del papel, su nombre.





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