La habitación cerrada



Me aferraba a la cita diaria con aquella desconocida como la única esperanza de que existiera algo más allá de la nauseabunda mediocridad que empapaba mi vida. Era otoño de 1902. Cada día, al llegar la hora que nunca fue convenida, me acercaba al umbral de la habitación cerrada. Me arrodillaba con cierta veneración y acercaba mi cara hasta notar la puerta.


Silencio y sólo silencio. Hasta que el leve roce de su vestido de seda contra el otro lado de la puerta desterraba la incertidumbre. La mujer reclusa estaba ahí, puntual como siempre. En un encuentro de dos almas sin miradas que cruzar, sin frases que oír ni pronunciar, sin manos que acariciar. Una cita de los pequeños sonidos y las ligeras sensaciones, alzándose en rebelión contra la tiranía de las imágenes y las palabras.


Y en mi bolsillo, una llave. La clave para liberar a esa joven de su penitencia y desvelar su identidad. Y una cerradura en la que se insertaba mi miedo a desgarrar el misterio que me mantenía dulcemente cautivo.

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