Los tres Cerditos


El Lobo salió corriendo de la casa de ladrillos. Sus gritos no cesaron hasta que se desplomó en la orilla del río, desmayado por el dolor de las quemaduras que cubrían buena parte de su cuerpo. Quizás la ventaja de estar inconsciente fue no tener que aguantar a los cerditos bailando y cantando: “¿Quién teme al Lobo Feroz? ¡Al lobo, al lobo! ¿Quién teme al Lobo Feroz? ¡Al Lobo Feroz!”

Una vez eliminada la amenaza del intruso, el hermano mayor propuso a sus hermanos que se quedaran a vivir con él, con la única condición de que se repartieran las tareas del hogar. Él se dedicó a arreglar las casas de los habitantes de la comarca, ya que era un buen albañil. El mediano, como experto en carpintería, recogía leña para la chimenea y tallaría figuras para vender a los visitantes de la comarca. El pequeño, como no tenía ninguna habilidad especial, se tumbaba en los campos de trigo mirando al cielo y viendo las nubes pasar.




Pronto se vio que la convivencia entre hermanos no sería fácil. El hermano pequeño y el mayor se enzarzaban en disputas con cierta asiduidad. La intensidad podía oscilar desde los reproches en voz baja hasta los gritos. Alguna vez se lanzaron platos y jarrones pero nunca llegaron a las manitas. El motivo era casi siempre el mismo: el hermano mayor se quejaba de lo poco que ayudaban sus hermanos (en especial el pequeño), y éste consideraba que el mayor era demasiado estricto y exigente.

El hermano mediano tenía la habilidad de mantenerse al margen; simplemente salía al porche y esperaba que las aguas volvieran a su cauce. Y siempre lo hacían ya que el vínculo que les unía era muy fuerte. Sus padres habían sido asesinados a manos de su amo, el granjero. No contentos con el doble asesinato, los humanos habían celebrado los atroces crímenes con una gran fiesta. Los tres pequeños aprovecharon ese momento para huir de ese macabro lugar – que hasta entonces lo habían considerado como su hogar - y se cobijaron en la espesura del bosque.

De forma que pasara lo que pasara, al final del día siempre se reconciliaban. Tenían lo que ellos llamaban "el momento mágico"; después de la cena, los tres cerditos se sentaban cerca del hogar y se contaban las peripecias de ese día, y compartían sus deseos, sus sentimientos y sus sueños.

El Zorro, que era el señor más rico de la comarca, se fijó en la destreza del cerdito albañil y le propuso que construyera algunas casas junto al lago. Él le adelantaría el dinero para comprar el material de la obra y, cuando el cerdito las hubiera vendido, se lo devolvería. Ellos tendrían unas buenas ganancias y podrían comprarse una granja. Parecía un negocio redondo. El cerdito lo habló con sus hermanos y, aunque no lo entendieron muy bien, aceptaron la propuesta porque confiaban en su buen juicio.

En cuanto el cerdito terminó sus encargos pendientes empezó a construir las casas del lago con la ayuda de sus hermanos. Al cabo de unas jornadas de trabajo el cerdito mayor se dio cuenta de que no serían muy buenos albañiles; a pesar de su paciencia en enseñarles, los dos eran bastante chapuceros. Las obras avanzaban con lentitud porque el pequeño aprovechaba cualquier ausencia del mayor para convencer al mediano para irse a nadar al lago. Le decía que no le veía el sentido a eso de construir una casa en la que no iban a vivir ellos, ya fuera de ladrillos, madera o paja.

El trabajar juntos hizo que los desencuentros y discusiones fueran cada vez mayores. Tenían menos dinero que antes, así que comían y vivían peor. El momento mágico al final del día fue perdiendo su encanto; en vez de conversar, se sentaban los tres ensimismados mirando el fuego, sin abrir la boca. En poco tiempo cada cerdito encontró una excusa para no reunirse.

Lo peor estaba aún por venir. Hubo una plaga de langosta en la comarca que destrozó los cultivos y empobreció a muchos granjeros que tuvieron que marcharse. Terminaron las casas del lago, pero no encontraban a nadie que pudiera comprarlas.

Una tarde, mientras los cerditos estaban hablando de cómo resolver su situación, llamaron a la puerta:

- ¡Soy el Lobo! Dejadme entrar o sino…

- ¡Vete de aquí! ¡Tus soplidos no nos dan miedo! – Contestaron con furia los tres cerditos – ¡Sólo nos faltaba que vinieras tú a molestar!

- No, no; ya estoy viejo para soplidos. No temáis por vuestras vidas, porque ya no me dedico a perseguir cerditos; me he aficionado a platos más refinados. Dejadme entrar o sino estos tres perros alguaciles que me acompañan derribarán la puerta. Traigo una orden del juez Búho para que abandonéis la casa, pues ahora yo soy su legítimo propietario. Ahí la tenéis - . Y deslizó un documento por debajo de la puerta.

- ¡Eso no puede ser! – Dijo el hermano pequeño – ¡Mi hermano construyó esta casa con sus propias manos! ¡No se la podéis quitar así como así!

El hermano mayor iba palideciendo a medida que leía el papel. Cuando terminó, les dijo:

- Hermanitos, cuando recibí el dinero del Zorro puse como garantía esta casa, porque creía que nada podía ir mal. El plazo para devolverlo terminó ayer y no tengo forma de hacerlo.

Descorazonado, abrió la puerta.

- Esta situación me desagrada tanto como a vosotros – se explicó el Lobo. - Después de quemarme en vuestra casa, me hundí en el río y fui arrastrado por la corriente hasta un molino. El molinero y sus hijas me cuidaron hasta que me recobré. Estuve a punto de morir y eso me hizo cambiar; me di cuenta de lo malo que había sido, y me propuse reconducir mi vida. ¿Qué mejor forma de ayudar a la gente que prestándoles dinero? Tuve un considerable éxito y a los dos años contraté al señor Zorro como representante.

El sol se ocultaba en el horizonte cuando los tres cerditos recogieron las pocas cosas que podían llevarse a cuestas y se marcharon. El Lobo se sentó satisfecho delante de la chimenea. Observó el fuego que en el pasado le había causado tanto sufrimiento y que, al mismo tiempo, había provocado en él una profunda transformación.

Empezó a llover cada vez más fuerte. Los cerditos no tenían donde cobijarse. No había tiempo para construir una casa de ladrillos ni de madera, así que el hermano pequeño improvisó un refugio de paja. A pesar de las enormes incomodidades, esa noche los cerditos se sintieron más unidos que nunca. Volvieron a disfrutar de su momento mágico; compartieron sus deseos, sus sentimientos y sus sueños.

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