Los tres Cerditos


El Lobo salió corriendo de la casa de ladrillos. Sus gritos no cesaron hasta que se desplomó en la orilla del río, desmayado por el dolor de las quemaduras que cubrían buena parte de su cuerpo. Quizás la ventaja de estar inconsciente fue no tener que aguantar a los cerditos bailando y cantando: “¿Quién teme al Lobo Feroz? ¡Al lobo, al lobo! ¿Quién teme al Lobo Feroz? ¡Al Lobo Feroz!”

Una vez eliminada la amenaza del intruso, el hermano mayor propuso a sus hermanos que se quedaran a vivir con él, con la única condición de que se repartieran las tareas del hogar. Él se dedicó a arreglar las casas de los habitantes de la comarca, ya que era un buen albañil. El mediano, como experto en carpintería, recogía leña para la chimenea y tallaría figuras para vender a los visitantes de la comarca. El pequeño, como no tenía ninguna habilidad especial, se tumbaba en los campos de trigo mirando al cielo y viendo las nubes pasar.

ShareThis