29 may. 2014

Un Mundo Feliz

- ¿Queréis callaros de una vez? ¡Aquí arriba algunos queremos dormir!

Abajo nadie hizo caso a esa vocecilla. El murmullo general mostraba la gran expectación que había creado la convocatoria del Consejo Animal por parte del Elefante. Después de un bufido para pedir silencio, empezó a hablar:

-Buenas noches a todos. Al no estar presente la Ballena ni otros gigantes que no pudieron subir al Arca, como animal más grande me corresponde a mí dirigir esta reunión. Ya sabéis que llevamos tiempo en esta nave, y eso significa que el día de volver a tierra firme se acerca. Por eso creo que sería una buena ocasión para empezar con buen pie y dejar atrás el gran conflicto que tuvimos en el pasado. Ya sabéis a que conflicto me refiero; la constante persecución de los herbívoros por parte de los carnívoros.

22 may. 2014

La Rana y la Princesa

I

Erase una vez una rana que vivía en el lago de los jardines del palacio real. Se pasaba el día jugando, un rato debajo del agua, otro rato encima de los nenúfares, y otro tanto en la orilla junto a los juncos. Sin embargo, su lugar preferido era una gran roca blanca y plana que se hallaba en medio del lago. Al atardecer, se sentaba allí y admiraba el precioso espectáculo de la puesta del sol.

La luna llena de primavera llegó y, como era una rana macho, eso significaba que era hora de buscar una pareja. Ese año le hacía especial ilusión porque sabía que había una ranita especial esperando a ser encontrada. Toda esa noche estuvo croando desde la gran roca blanca. Una noche en la que se encontró con una extraña mezcla de emociones; por una parte, sentía el magnético deseo de atraer a aquella ranita y, por la otra, sentía el miedo a morir devorado por alguna serpiente que la localizase por su croar.

Al amanecer, después de una intensa y agotadora noche, sus esfuerzos dieron fruto; la ranita se acercó dando saltos hasta la gran roca blanca y ambos se miraron a los ojos. Cuando iban a unirse en un húmedo beso, una catástrofe rompió el momento mágico.

8 may. 2014

El Espejo

                             I

El miedo a morir en la hoguera hace que cualquiera corra como alma que lleva el diablo. Eso es lo que John Youngswood descubrió una tarde de finales de invierno de 1697 en las afueras de Ipswich, en Nueva Inglaterra. El sol se ocultaba tras las montañas de Willowdale frente a él, mientras detrás aparecía una muchedumbre agitando antorchas y armas rudimentarias. Una mezcla de gritos y gruñidos dejaban oír de vez en cuando algún “¡quememos el brujo!”

A pesar de la gravedad de la situación, John tuvo tiempo para darse cuenta que, por muy extraño que pareciera, esa era la primera vez que le llamaban “brujo”. Le habían llamado de muchas maneras: de pequeño, le llamaban “gamberro” y “perezoso”; en la escuela médica de Boston, “lunático” y “perezoso”. Y en el pueblo de Ipswich, donde ejercía como médico desde hacía diez años, le llamaban “doctor”, “salvador” o como mucho, “sabio de las hierbas”. Sin embargo acababa de llegar al pueblo un nuevo sacerdote y había decretado que el uso de esos remedios era cosa de brujería. El clérigo también tuvo la habilidad para relacionar esa brujería con la reciente mala cosecha y con la sequía. Por eso John no podía permitir que le atraparan antes de llegar a su casa en medio del bosque.