La Rana y la Princesa

I

Erase una vez una rana que vivía en el lago de los jardines del palacio real. Se pasaba el día jugando, un rato debajo del agua, otro rato encima de los nenúfares, y otro tanto en la orilla junto a los juncos. Sin embargo, su lugar preferido era una gran roca blanca y plana que se hallaba en medio del lago. Al atardecer, se sentaba allí y admiraba el precioso espectáculo de la puesta del sol.

La luna llena de primavera llegó y, como era una rana macho, eso significaba que era hora de buscar una pareja. Ese año le hacía especial ilusión porque sabía que había una ranita especial esperando a ser encontrada. Toda esa noche estuvo croando desde la gran roca blanca. Una noche en la que se encontró con una extraña mezcla de emociones; por una parte, sentía el magnético deseo de atraer a aquella ranita y, por la otra, sentía el miedo a morir devorado por alguna serpiente que la localizase por su croar.

Al amanecer, después de una intensa y agotadora noche, sus esfuerzos dieron fruto; la ranita se acercó dando saltos hasta la gran roca blanca y ambos se miraron a los ojos. Cuando iban a unirse en un húmedo beso, una catástrofe rompió el momento mágico.



II

Erase que se era una hermosa princesa llamada Tiana que no encontraba un príncipe bastante bueno para ella. Su padre el rey Enrique estaba desesperado porque lo había intentado todo para que su única hija se casara y le diera un heredero; empezó presentándole a varios príncipes de los reinos vecinos, pero ninguno de ellos era lo suficientemente azul. Después el rey pasó a los nobles, condes, marqueses y duques, pero estos no tuvieron mejor suerte: demasiado alto, demasiado gordo, demasiado aburrido, demasiado bromista. Abogados, jueces, inventores, artistas, astrólogos… y ninguno de ellos consiguió que las flechas de Cupido atravesaran el corazón de la dama. Así que el rey se hizo a la idea de que, a su muerte, su reino se sumiría en la más absoluta anarquía.

Pero Tiana no se resignaba. En su desesperación, acudió la noche de luna llena de primavera a la choza de la bruja Fruga cerca de los pantanos. Y le pidió un hechizo para encontrar a su príncipe azul. La hechicera le dio una botellita con una pócima, y le dijo qué hacer con ella:

“Al alba, acércate al lago. Verás una rana encima de una roca; ponte la pócima en la boca, coge la rana, dale un beso y haz que beba de tus labios. Entonces el batracio se convertirá en un hermoso príncipe, y en su mente no quedará ningún rastro de memoria de su vida anfibia.”

Así lo hizo.  Encontró dos ranas en la roca, y como no sabía cuál de las dos coger, se decidió por aquella que intentó escapar primero. Se armó de valor y besó al bicho verde que se agitaba entre sus manos. Y se produjo el encantamiento. La bruja tenía razón; Tiana había encontrado al muchacho perfecto para ella. Era guapo, cortés, culto, ingenioso y con un toque salvaje.

En pocas semanas se organizó la boda real. El chico estaba conforme con su destino, y agradecía a la princesa que quisiera casarse con él, aunque el precio que tenía que pagar era alto; la vida en palacio estaba llena de comodidades pero era tremendamente aburrida y llena de formalismos y de hipocresía. Además el rey creía que su reinado era un mandato divino y no aceptaba que nadie opinara diferente a él. Y la princesa sólo pensaba en aparentar estar perfecta. Se pasaba todo el día con los preparativos de la boda, y cosas tan triviales como el amor o el cariño no podían distraerla de su gran plan.

Él no recordaba nada de su pasado, sólo sentía gran atracción por los trajes de color verde. De vez en cuando se sumía en la melancolía y al alba, antes de que la princesa se despertara, iba al lago. Se sumergía en el agua y después, sentado en la roca blanca, escuchaba la hipnótica melodía de las ranas.

III

Y el gran día del casamiento llegó. Cuando el sol salía por detrás de las montañas, el futuro príncipe estaba sentado en la gran roca blanca. El agua estaba especialmente cristalina. Miró el fondo del lago y se fijó en una piedra con cierta forma de corazón. Alargó la mano y la cogió. Aunque su memoria seguía entre brumas, al acariciar la piedra entre sus dedos presintió quién era él en realidad. Bajó de la roca y se sumergió poco a poco en las aguas, hasta desaparecer.

Su ausencia alarmó a la princesa; le buscaron por todos lados pero no le encontraron. Ella se sintió avergonzada y humillada delante de todos los invitados a la boda; le había liberado de una triste y viscosa vida de rana y le había ofrecido todo lo que un hombre puede desear, y él se lo había pagado arruinando el que iba a ser el mejor día de su vida.

Dominada por la rabia y la tristeza, la princesa huyó del palacio y corrió hasta la orilla del lago. Con la cabeza baja, lloró y lloró hasta que sus lágrimas llenaron el lago. Y su corazón se llenó de paz. De repente se dio cuenta de que no necesitaba ningún príncipe. Ella sola era capaz de reinar en su propia alma.

Entonces levantó la mirada y vio encima de la gran roca blanca a dos ranitas croar, quizás las mismas que el día del encantamiento.

Fin

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