12 jul. 2014

El Flautista de Hamelín

En la ciudad de Hamelín hacía tiempo que nadie era feliz, pues las únicas perdices disponibles eran latas de escabeche. Sólo el Alcalde y sus amigos los concejales podían permitirse el lujo de hacerse traer perdices recién cazadas desde lugares lejanos.

Se habían enriquecido a costa de los ciudadanos; poseían las principales manufacturas, controlaban los suministros de agua y de alimentos procedentes del campo y marcaban los precios. La gente trabajaba cada día para vivir mejor, pero los impuestos y los precios subían año tras año. Y por si esto no fuera suficiente, el Alcalde tenía debilidad por emitir edictos tales como toque de queda a partir de las siete, restricción del acceso a los libros de la biblioteca municipal, prohibición de la música fuera de las celebraciones oficiales y registro de los nombres de aquellos que no iban a misa el domingo son algunos ejemplos de lo que, según él, “promovían los buenos hábitos y la convivencia”.

Sin embargo desde hacía unos meses había otra gran amenaza en Hamelín: unos jóvenes habían ocupado las calles y plazas de la ciudad como protesta contra el Alcalde. No eran muy sensibles a la limpieza y eso había provocado que las calles estuvieran muy sucias y que reaparecieran enfermedades ya olvidadas. Además cuando fumaban (por cierto, fumaban extrañas hierbas) y tomaban bebidas espirituosas, armaban mucho escándalo y hacían destrozos en fuentes, bancos y árboles. El alguacil y sus ayudantes no hacían nada al respecto, y tal era el miedo de los padres que ya no dejaban que sus hijos jugaran en la calle.

Llegó un día en que los vecinos se hartaron, y enviaron una delegación a hablar con el alcalde para que les diera una solución. En principio no les quiso recibir, pero la insistencia y los martillos y hachas que llevaban acabaron por convencerle. Al escuchar las quejas, la primera reacción del Alcalde fue de sorpresa; él casi no había advertido esa molesta presencia, ya que viajaba siempre en carruaje y su mansión estaba en una colina en las afueras de la ciudad. LE dijeron que no se marcharían hasta tener una respuesta, así que final tuvo que aceptar la propuesta que le hizo su secretario; contratar a un conocido Flautista (que no era de Hamelín), cuya especialidad era lo que él llamaba “tareas de limpieza”.

Al cabo de una semana llegó el Flautista, vestido con coloridos ropajes, y convino con el alcalde que por su labor le pagarían ciento treinta monedas de oro. Esa era una gran suma, pero el Alcalde estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que los habitantes le dejaran en paz. Después el recién llegado se dirigió a un extremo de la ciudad en la que no había ningún ocupante, se sentó en una piedra y empezó a tocar su flauta. Siguió así durante dos días, y nada pasó. La gente empezó a impacientarse y a preguntarse si realmente contratarle había sido una buena idea. También se preguntaban donde había comprado esa ropa de colores chillones tan extravagante.

Al tercer día una pareja de ocupantes llegó por causalidad cerca de donde estaba tocando el Flautista, y se sentaron a escuchar su cautivadora melodía. Entre canción y canción, el músico les iba contando las injusticias que se producían en la ciudad de Linemah, mucho más graves que las de Hamelín. Uno a uno los indeseables fueron atraídos hasta que al cabo de una semana todos estaban hipnóticamente reunidos alrededor de las notas de la flauta y las palabras del Flautista. Y cuando una mañana éste se levantó y les dijo que iba a ayudar a los ciudadanos de Linemah, todos le siguieron sin dudarlo. Por fin la ciudad se libró de su problema.

Días después el Flautista volvió y reclamó al Alcalde el pago de las ciento treinta monedas de oro acordadas. Este le dijo que eran tiempos difíciles, que él mismo había tenido que prescindir recientemente de una de sus tres carrozas y que no podía pagarle. El Flautista, enfurecido, recorrió todo el pueblo entonando su venganza en forma de melodía infantil, y prometiendo a los niños que si le acompañaban, les liberaría de la tiranía de sus padres y tendrían dinero para gastarlo en lo que les apeteciese. De los ciento treinta y tres niños que había en Hamelín, sólo tres se quedaron en la ciudad: un niño cojo que no podía seguir el ritmo del desfile, un niño sordo que no oyó la melodía y un niño al que le dio pereza levantarse. El resto fueron cantando y bailando al son de la música del Flautista durante tres días, hasta llegar a un gran taller de juguetes. Allí el propietario le pagó una moneda de oro por cada uno de los niños, que se quedaron trabajando para él.

Y mientras los ciudadanos de Linemah maldecían a sus recién llegados visitantes, los de Hamelín lloraban la pérdida de sus amados hijos. Y en la asamblea del Ayuntamiento, el Alcalde y sus concejales respiraban aliviados; sus hijos se habían salvado del malvado Flautista, pues hacía tiempo que los habían enviado a estudiar a una academia en las tierras altas.

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