El Barco

El majestuoso barco permanecía estático, como sostenido por el inmenso banco de niebla que lo rodeaba en medio del océano. A pesar de ser mediodía, la oscuridad era total. Algunas luces salpicaban la cubierta. Las velas caían rendidas ante la inexistencia de la más leve brisa marina. Y acompañando a esta escena espectral, una lenta sinfonía compuesta por las distintas notas de los crujidos de los enormes tablones de roble centenario del casco.

El timonel permanecía aferrado al timón con cierta firmeza. Por la expresión de confianza de su rostro se diría que lo manejaba con seguridad, pero en cierta forma daba la sensación de que era el timón quién le manejaba a él y no al contrario. En lo alto del palo mayor, el vigía extendía la mano, como si en el roce de sus dedos con la niebla pudiera recordar las caricias de la amante que había dejado atrás en tierra firme.

El cocinero estaba manteniendo una animada conversación sobre cuáles eran los platos más exquisitos del mundo, sentado en la mesa de la cocina. En sus más de veinte años al servicio de la marina real, había dado la vuelta al globo varias veces y probado toda clase de manjares, incluyendo algunos animales que todavía no habían sido catalogados por los naturalistas. Sus compañeros de tertulia en la mesa eran una patata podrida, su correspondiente gusano y una col.

En cubierta los marineros se dividían en dos grupos, cada uno situado en un costado de la nave. Los de babor miraban ensimismados el juego de tres delfines. Entraban y salían del agua con extremo sigilo y los reflejos en su piel grisácea producían un notable efecto hipnótico. Mientras tanto, los marineros de estribor intentaban sacar del agua los restos de algún desafortunado naufragio; cada pieza que sacaban era una nueva decepción, pues lo que de lejos parecía un cofre lleno de joyas, en cuando llegaba a sus manos se convertía en un vulgar trozo de madera.

Una tenue brisa rozó las velas, y por un instante éstas se movieron, como queriendo desembarazarse de aquella desagradable e inesperada llegada.
En la bodega, un ratón hembra acababa de parir siete crías. Probablemente cinco de ellas no superarían el mes de vida. Las otras dos morirían de viejas, mucho antes que la expedición llegase a un nuevo puerto. El barco y el mar serían todo su mundo en toda su vida.

En la Santa Bárbara los barriles de pólvora se alineaban ordenadamente. En cada uno de esos granos se atesoraba la fuerza ígnea y devastadora que, eones atrás, modeló la superficie de la tierra. Un fantasma inquieto se paseaba de arriba abajo, contando una y otra vez los barriles. Quería asegurarse de estar preparados para que, cuando avistaran un barco enemigo, fuera él el primero en abrir fuego, y no repetir el fatal error que provocó la muerte de toda la tripulación de su última nave.

El capitán estaba sentado en la mesa de su camarote. Instrumentos de medida y cartas de navegación esparcidos por doquier, todos ellos inútiles para trazar una ruta en medio de la oscuridad diurna. Sin horizonte, sin estrellas, sin planetas errantes y sin sol. Con una pluma dibujaba siluetas de animales utilizando las costas de los mapas mientras tarareaba una antigua canción que aprendió al entrar en la academia naval a los siete años.

Nadie parecía darse cuenta de lo que estaba pasando, a pesar de que el aumento del ritmo de la sinfonía de crujidos lo señalaba claramente. Ni el timonel, ni los marineros, ni el vigía, ni el cocinero, ni los ratones, ni el fantasma, ni tan sólo el capitán se daba cuenta de que sin la fuerza del viento ni otro medio conocido, el barco seguía navegando de forma inexorable hacia el destino marcado antes de salir de puerto.

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