desOrden

Crec, crec, crec. Su cuello se queja cuando levanta la cabeza de la mesa. Diversas partes de su cuerpo secundan la protesta. Mira unos metros más allá, donde se encuentra el mueble apropiado para dormir, que no se parece en nada a la silla en la que ha pasado la noche. Su mente se defiende con un trivial “nunca más lo volveré a hacer”.

La lámpara sobre la mesa ilumina ese curioso libro con encuadernación roja, que siempre ha ocupado la parte central. Ni título ni autor; nada hay escrito en la cubierta. Le atrae y le irrita a partes iguales, pero es consciente de que todavía no es capaz de quitarlo de en medio: le falta una hoja.

Después de limpiarse y comer algo, vuelve a la mesa para comprobar cuál es la tarea pendiente. Rodeando al volumen rojo hay seis encuadernaciones de libros, cada una con su título y autor, sin hojas dentro. Debe encontrar las hojas de esos libros, armarlos y después guardarlos donde les corresponde. Para ello dispone con una inmensa biblioteca situada en un edificio del cual no recuerda haber salido jamás. Ocupa una sala abovedada en la que unas pequeñas ventanas dejan entrar poca luz.
A diferencia de una biblioteca al uso, el desorden es tal que se diría que un gigante travieso la había agitado y había esparcido todo su contenido, como en aquellas bolas de cristal con falsa nieve. Y estos son los efectos colaterales de la diablura: cuadros rotos, cristales en el suelo, luces que no funcionan, polvo por todos lados y otras dificultades que se añaden a la ya de por si laboriosa búsqueda de los papeles.

Estos son los seis libros. Uno es nuevo: se trata de “Las aventuras de Huckleberry Finn” de Mark Twain. Otros cuatro llevan con él aproximadamente un mes, y están a medio hacer: “Grandes esperanzas” de Charles Dickens, “Cuadros de la Naturaleza” de Alexander von Humbolt, “Fábulas” de Esopo, “De la Tierra a la Luna” de Jules Verne. Y por último, “El Paraíso Perdido” de John Milton, con el que lleva ya más de 6 meses y del que apenas le faltan unas hojas.

La luz parpadea unos instantes. Los cortes de electricidad son frecuentes y obligan a detener la búsqueda. El último duró tres largos días. Curiosamente los apagones no aparecen afectar a la lámpara de la mesa, así que durante ese tiempo lo único que puede hacer es dedicarse al libro rojo. Han sido tantas horas enfrascada en él, que ella siente como si cada frase estuviera dentro de su cuerpo.

De pronto recuerda que hace tres semanas encontró unas hojas de Mark Twain, en un rincón debajo de una escalera. Y es que además de estar atenta al libro que está buscando, en cierta forma va acumulando un registro de ubicaciones de las páginas de otros libros que va encontrando. Se dirige al rincón y cuando coge las hojas se da cuenta que son de “Las aventuras de Tom Sawyer”, y maldice al bigotudo escritor por hacerle confundir ambos personajes.

Respira unos instantes. Se anima a sí misma pensando que hoy le seguirá acompañando misma suerte que ayer, cuando en cuatro horas pudo completar un ejemplar de “Un Mundo Feliz”. Toma la determinación de adoptar la actitud intrépida del joven Huck, y saltando de estantería en estantería consigue que para el final de la mañana ya haya reunido todas las páginas de la novela, y además, las páginas que le faltaban de “El Paraíso Perdido”.

Se merece sentarse a descansar y comer. Saca un trozo de pan con queso de un bolsillo, y mientras lo engulle repasa por enésima vez las pinturas de la bóveda: ángeles y demonios disputándose el derecho de ordenar el mundo de los humanos en la antigüedad. Se pregunta si algunos de ellos siguen haciéndolo hoy.

Dedica la tarde a encuadernar los dos libros terminados. Después se los pone bajo el brazo y se dirige a la vieja puerta de entrada. La abre y el crujido de la madera revela lo poco que la usa. Ante sí una gran escalera de caracol de mármol rosado le lleva hasta unos pisos más arriba. Allí, otra puerta, ésta silenciosa y de un blanco brillante, le da paso a otra biblioteca.

Aunque la ha visitado cientos de veces, aun sigue maravillándose al verla: el suelo de mármol blanco se convierte en multicolor por la luz que atraviesa los vitrales de las grandes ventanas. Las estanterías de maderas nobles se levantan hasta donde alcanza la vista. Sin embargo, la diferencia más importante es el orden: los libros están colocados perfectamente en sus estanterías. Nada en el suelo. Nada fuera de lugar.

Se acerca a una mesa de mármol en la que descansa un gran libro. Detrás, una hierática bibliotecaria que, al ver los dos libros que ha traído, y sin mediar palabra, consulta en el gran libro su ubicación. Mientras está entretenida en su búsqueda, ella aprovecha para observar detenidamente su rostro, pero esta vez tampoco descubrirá porqué le resulta tan familiar. De repente la bibliotecaria cambia su expresión grave por una leve sonrisa, gira el gran libro con un movimiento seco y con dedo índice le señala la ubicación de la novela del escritor norteamericano. El proceso se repite con la obra del poeta inglés.

Camina lentamente por los silenciosos pasillos, intentando degustar la paz y el orden que ahí se respira. Guarda los dos libros en su lugar correspondiente.

Dos libros más, dos libros menos.

Ojalá pudiera quedarse allí siempre. O, al menos, un ratito más.
De vuelta a su vieja biblioteca, se sienta en la mesa. Ahora sólo cuatro libros acompañan al libro rojo. Seguramente mañana volverán a ser seis.

Abre el libro rojo por la última página, que es la única que está en blanco. Coge una pluma y escribe durante un buen rato. A veces se detiene a pensar y la pluma apoyada en el papel deja una mancha de tinta azul; otras escribe tan rápido que apenas puede leerse. Termina cuando ambas caras están llenas, al igual que durante años ha ido haciendo con todas las hojas anteriores de ese libro. Y lo deja abierto para que la tinta se seque.

El sueño empieza a apoderarse de ella. Mira unos metros más allá, donde se encuentra su cama donde esta vez irá a dormir. Y mientras su mente se defiende con un trivial “ya va”, sus párpados se desploman y su cabeza cae sobre la mesa. Lo último que ve es el libro rojo, que mañana ya podrá quitar de ahí.

Duerme. Algo ligero cae suavemente desde la bóveda, y se posa en el libro rojo, que vuelve a tener su última hoja en blanco.

Ahí arriba, en la bóveda, un demonio - o tal vez un ángel - se tapa la boca para que nadie oiga el eco de su risa.

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