La Bailarina y la Luna

Erase que se era una maga curandera llamada Almerinda que vivía en una choza en medio del bosque, con la única compañía de su gato Tum. Una noche de San Juan, mientras recogía plantas medicinales bajo la luna llena, le alertaron unos llantos entre unos matorrales. Se acercó encontró sobre unas matas de diente de león a un bebe niña abandonada. Se apiadó de ella y la adopto como hija. Y por las flores que le hacían de lecho, le puso el nombre de Leonor.

Pasaron los años y el bebé se convirtió en niña. Empezó a acompañar a su madre en sus labores cotidianas, y a aprender a sanar. Almerinda iba frecuentemente a un pueblo cercano, donde curaba a los enfermos con hierbas y pócimas naturales.

En una de estas visitas coincidieron con un circo que había acampado en un claro. Había domadores, payasos y equilibristas. Mientras miraban cómo los artistas ensayaban, Leonor oyó una música en una arboleda cercana. Fue sola hasta allí y encontró una vieja caravana destartalada y a su lado, una mujer bailando. Llevaba un traje blanco que nunca antes había visto, y sus movimientos eran delicados y gráciles.

Cuando terminó, Leonor, que hasta ese momento había permanecido medio oculta entre unos árboles, rompió a aplaudir y la bailarina le agradeció su atención invitándola a tomar el té dentro. Las paredes estaban llenas de carteles descoloridos por el paso del tiempo. Olía a una agradable mezcla de rancio y dulce. Estuvieron horas hablando de ballet: le contó que de la mano de una gran compañía de ballet, había viajado por toda Europa, cosechando gran éxito en los grandes teatros de París, Viena y Milán, e incluso había actuado para la realeza de varios países del continente. Leonor quedó fascinada, y en ese momento decidió que de mayor quería ser bailarina.

Empezaba a hacerse tarde, así que Leonor le dijo que debía irse. Antes de partir, la bailarina abrió un cofre y le regaló un vestido de ballet blanco y unas zapatillas de punta. Tras despediste con un emotivo abrazo, volvió corriendo al lado de Almerinda, a contarle lo sucedido. Su madre quedó muy extrañada por el relato de la niña, pues sólo se había ausentado durante unos minutos y no horas, y al mirar hacia la arboleda no vio ninguna caravana, mas no le dio importancia y lo achacó a la caprichosa  imaginación infantil.

Desde aquel día, Leonor se pasaba el día bailando: le encantaba hacerlo mientras escuchaba los nocturnos de Chopin en el gramófono, mientras limpiaba la casa, mientras recolectaba hierbas, incluso mientras leía. Sólo se detenía cuando iba a dormir; pero incluso entonces, se tendía en la cama en una postura de bailarina.

Una tarde, mientras la curandera preparaba una poción mágica, le pidió a Leonor que le trajera el frasco con la etiqueta "Elixir de pezuña de Centauro". Enseguida fue a traérselo y, como no podía ser de otra manera, aprovechó para hacer unas piruetas. Tuvo tan mala fortuna que el gato Tum se le cruzo entre las piernas, perdió el equilibrio, y el frasco cayó, rompiéndose en mil pedazos.

-¡Pero qué has hecho! – Gritó su madre enfurecida - ¿sabes que es imposible encontrar ese elixir hoy en día? ¡Vete a la cama! ¡Hoy te quedas sin cena!

Esa noche mientras Leonor dormía, Almerinda estaba pensativa junto a la chimenea. Creía que la niña nunca llegaría a ser bailarina, y que lo mejor era cortar de una vez con todas esas fantasías inútiles. Así que abrió un cofre mágico encima de la mesa y metió dentro todo lo relacionado con la danza: el vestido, las zapatillas, los discos… hasta el gramófono.

Luego invocó a los Espectros Tenebrosos del Olvido, y les ordenó que vaciaran la cabeza de la niña de todos los  pensamientos, sueños y recuerdos de la danza, y los revolvieran con el resto de objetos en el fondo del cofre. Al amparo de la oscuridad de la Luna nueva, la maga fue a lo más profundo del bosque y enterró el arca bajo un viejo roble.

A la mañana siguiente Leonor se despertó con dolor de cabeza y con la sensación de haber tenido pesadillas con fantasmas. Y nunca jamás volvió a pensar en el ballet.

Pasó el tiempo y Leonor pronto aprendió el arte de preparar remedios y pócimas, con las que junto a Almerinda curaban a los enfermos en el pueblo. También le enseno a tratar las enfermedades con las manos y a aliviar el sufrimiento del alma, que estaba muy extendido y pocas sabían aligerarlo. Almerinda envejecía y cada vez estaba más cansada, por lo que Leonor empezó a ir sola al pueblo. Con su buen hacer, su encanto y su dulzura, poco a poco fue haciéndose un lugar en el corazón de los aldeanos.

Una mañana de finales de otoño, Leonor volvía a casa cuando le extrañó no oír el canto de los pajarillos. En la choza se encontró a Almerinda tumbada en la cama. Puso su mano sobre su pecho; su corazón no latía. Leonor buscó en los estantes una pócima para un corazón dormido, pero no logró encontrar ninguna. Desesperada, miró en los viejos libros pero también fue en vano. Le puso las manos en la cabeza pero era incapaz de conseguir nada.

Huyendo del sufrimiento, salió corriendo hacia el bosque y no se detuvo hasta que se desplomó de cansancio. Lloró y lloró. Y cuando hubo terminado de llorar, volvió a llorar. Lloró tanto que sus lágrimas empaparon la tierra, que empezó a deshacerse, dejando al descubierto una extraña caja. Mientras se secaba los ojos enrojecidos, abrió la tapa y miró lo que había dentro.

Anochecía cuando Leonor subió a la colina de la encina con su vestido de ballet y las zapatillas de punta. El tiempo en el cofre había transformado el  blanco puro en un hermoso blanco crudo. Puso su disco de Chopin preferido y, sin saber cómo, empezó a danzar. Allí nadie la vería, nadie la molestaría. Mas su danza fue tan bella, que la Luna, que estaba en el tercer día de cuarto creciente, quedo hechizada:

- Leonor, ¿Por qué no subes hasta aquí y bailas para mí?

- ¿Y cómo llego hasta ahí? ¡Pero si no sé volar! - dijo riéndose.

Sus risas despertaron a las estrellas de la Constelación de Orión, que s se acercaron para formar un puente áureo entre la colina y el planeta blanco. Miles de lejanas estrellas se arremolinaron junto a sus compañeras. Leonor subió por el puente hasta pisar la Luna. No sabía porqué pero siempre había pensado que sería dura y fría, y en realidad era esponjosa y cálida. Y Leonor danzó en la Luna para la Luna.

El astro estaba tan encantado con la bailarina que, al llegar el amanecer, se olvidó de marcharse, y las estrellas tampoco lo hicieron. Fue el primer día (y el último hasta el momento) en que no salió el Sol. La noticia se difundió por el Cielo; atrajo a tres nubes tormentosas que, al ver el baile de Leonor, se olvidaron de sus rayos y truenos y lloraron una fina lluvia. La luz de la Luna y las gotas de agua engendraron un inédito Arco Iris nocturno.

Tras una semana de noche estrellada, las flores se marchitaron y las tierras se helaron. Los campesinos, encabezados por el alcalde, subieron a la colina de la encina enfadados para ver qué pasaba. Al contemplar la delicada danza de Leonor, su enfado se transformó en encantamiento, y se quedaron horas y horas cautivados por sus movimientos.

La Luna fue creciendo y cada vez Leonor tenía menos espacio para bailar. Pero no se sentía en absoluto cansada. Con la Luna llena, la bailarina sintió que se acercaba el fin de su danza. Así que se despidió de la Luna con un beso y al momento las estrellas volvieron a formar el puente dorado para que ella volviera a poner los pies en la tierra. Los vecinos volvieron en sí y agradecidos, abrazaron a Leonor. Los astros nocturnos siguieron su eterno camino, y el magnánimo Sol, un poco contrariado por el retraso, volvió a reinar con su luz y su calor.

Leonor regresó a la choza. La cama de Almerinda estaba vacía, sólo había una flor, un diente de león. Miró al suelo y vio un camino hecho con esa misma flor. Lo siguió hasta llegar al viejo roble, donde ahora se encontraba la tumba de su madre. Se arrodilló y cerrando los ojos se despidió de la maga de la forma más amorosa que supo. Al cabo de unos días Leonor volvió a curar a sus vecinos, aun con más sabiduría, cariño y devoción que antes.

Desde entonces, Leonor no olvida. Cada tercer día de cuarto creciente, sube a la colina de la encina, pone un nocturno de Chopin en su gramófono, y sólo durante una noche, danza para la Luna.

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