Hilos

Unos cuantos hilos blancos sobre una tela azul celeste, probablemente desprendidos de la toga de Apolo (Helios) en su viaje diario. Y todo ello dentro de un marco hecho de tejas. Así veía el comerciante Kleitos el cielo cuando cruzaba el amplio patio que daba acceso a las cocinas del palacio de aquella pequeña isla del mediterráneo oriental.

Le acompañaba su fiel asno Tachýs, cuyo nombre (“veloz”)  fue un aliciente para su compra. Pero con el tiempo se dio cuenta de que no provenía de cómo corría, sino más bien de cómo comía. Iba cargado de toda clase de telas, hilos y objetos (artilugios) para la costura que Kleitos vendía por toda la isla.

Los saltamontes cantaban con insistencia, como si no hubiera un mañana. En el otro extremo del patio, dos hombres dibujaban círculos en la arena con la ayuda de una estaca y una cuerda.

Entró en la gran cocina y allí estaba Euríclea, la asistente personal de la reina; a pesar de ser una esclava, tenía toda la confianza de su ama, llevando toda la intendencia de palacio.

- kaliméra Euriclea.

Ella le hizo un gesto con la cabeza para que se sentara en una mesa, y antes de hablar le acercó un  poco de pan, aceitunas y una jarra de vino.

- Hola Kleitos. Has escogido mal día para venir a visitarnos. Esta noche celebramos la última cena de los pretendientes de la reina, y no damos abasto. La defensa está vacía, ya no sabemos de dónde sacar la comida.

Él cogió la jarra y la olió, perdiendo enseguida sus esperanzas de que el vino no estuviera medio avinagrado.

- Que extraño. Hace unas semanas me contaron que un profeta avisó a los pretendientes de que “pronto los muros se mancharían con la sangre de ellos”, y que todos ellos se habían marchado.

-Sólo unos pocos lo hicieron. La mayoría se rieron de tal profecía.
Los dientes de Kleitos se clavaron en el pan, más duro que la infancia de un espartano.

- Vaya, así que ¿no hay buenas noticias? – continuó aun dolorido.

- Bueno, esta mañana ha venido un porquerizo informar a la reina de que su hijo, que ha estado largo tiempo fuera de la isla, está cobijado en su majada. Aunque no sé si creérmelo.

Alargó las manos hacia las aceitunas, y las removió a ver si encontraba  una buena, pero la suerte no estaba de su parte ese día. Intentó cambiar de tema, y mirando al perro que estaba echado en un rincón, dijo:

- ¿Y ese?

- El perro está en las últimas. Sin embargo parece que se resiste a morir antes de volver a ver por última vez a su amo.

- Dicen que murió hace tiempo. ¿Crees que volverá?

- Algo me dice que sí, que volveré a ver esos ojos azules. Azules como el mar en calma.

- Bueno, ya sabes que hombres y animales no somos más que muñecos en manos de las tres hilanderas, las Moiras. Al nacer, Cloto empieza a hilar el hilo de nuestra vida, Láquesis forma un ovillo a lo largo de nuestra existencia  y finalmente Átropo corta el hilo en el momento de nuestro último suspiro. Y hablando de hilos, ¿cómo va el tapiz que teje la reina? ¿Ya lo ha terminado?

- Pues con tanto trabajo no he tenido tiempo de fijarme mucho, pero si no fuera porque la veo trabajando en él cada día, diría que parece que no avanza.

Él probó suerte con las aceitunas otra vez, sin ninguna fortuna.

- He traído unos hilos nuevos que quizás le interesen. Me gustaría enseñárselos.

- No creo. Ayer la reina me dijo que de momento no va a necesitar más hilo. Lo siento, creo que hoy tampoco vas a hacer negocio aquí.

Kleitos se levantó y se despidió. Salió al patio y recogió a Tachýs.
Los saltamontes callaron. Los dos hombres habían trazado un ángulo recto.

Se dirigió a la puerta pensando en el mal sabor de boca que le había dejado esa parada, y no sólo por las aceitunas. Iba tan absorto en sus pensamientos que chocó con un vagabundo encapuchado que entraba en la casa.

Empujándolo, le dijo: - ¡Apártate de mi camino, mendigo!

Al instante el cielo sin nubes de la tarde fue partido en dos por un rayo, que parecía ser lanzado por el mismo Zeus.

Euriclea, alertada por el alboroto, salió al patio.

El mendigo levantó la mirada y sus ojos se clavaron en ella. A pesar de su ausencia, seguía siendo su fiel esclava. Ella reconoció el rostro de su amo, aunque sus ojos habían cambiado. Ahora el azul de sus ojos no era un mar en calma, sino un océano formado por infinitos hilos de todos los azules.

Hilos de aventuras que jamás serán contadas.

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