El Árbol y las Manzanas

En medio del bosque vivía un Árbol centenario. Y a pesar de su edad, al final del verano lucía esplendoroso. Decenas de Manzanas rojas en medio de las hojas verde brillante le daban el aspecto de un precioso collar de rubíes y esmeraldas.

Desde el momento de la floración el Árbol se había dado cuenta de que esa iba a ser una temporada difícil. Las abejas escaseaban más que nunca, por lo que tuvo que esforzarse en generar un polen muy oloroso y unos pétalos muy brillantes para atraer a abejas de panales más lejanos. Además, cuando los frutos empezaron a crecer vinieron ventiscas y heladas, y tuvo que ingeniárselas para protegerlos con sus ramas y hojas.

Le había costado demasiado esfuerzo conseguir esas preciosas Manzanas, por lo que esta vez estaba decidido a no desprenderse de ellas. Así que, a través de sus raíces, se puso en contacto con los árboles vecinos, y les pidió que llamaran a Ent, el Árbol-Hombre protector del bosque.  Al cabo de unas semanas llegó, y después de unos breves saludos, el Árbol le hizo su petición:

- ¡Oh gran Ent, te suplico que este año las Manzanas no se desprendan de mi!

-Lo que me pides es algo inusual – dijo Ent frotando sus ramas contra el tronco – durante muchos años tú has dado sustento a la vida en este bosque, así que, como reconocimiento a tu valiosa labor, no puedo negarme a concederte este deseo.

Y así fue. Al principio el Árbol se sentía feliz de mantener sus Manzanas – mientras que otros Árboles cercanos perdían sus frutos. Los animales juguetones  que correteaban a sus pies para comerse las Manzanas caídas dejaron de venir, y se sintió un poco solo. Aunque todavía mantenía las Manzanas con él.

Para poder conservar sus frutos tuvo que consumir la mayor parte de su reserva de energía que guardaba para pasar el invierno. Sin embargo esto no fue suficiente; al cabo de un tiempo empezaron a pudrirse, lo que atrajo a todo tipo de bichos. Estas plagas no sólo le atacaban a él, sino a los árboles vecinos, matando a muchas de ellos. Desconectadas sus raíces del resto del bosque, sintió tristeza. Pero aún conservaba algo junto a él.

Al final el peso de las Manzanas debilitó tanto sus ramas, que las primeras nevadas las secaron. Hasta el día en que sólo quedó un páramo cubierto de blanca nieve y, en medio, un  enjuto esqueleto de madera con unos marchitos pendientes negruzcos.

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