5 ene. 2018

Una dulce invención

Para los tres reyes magos de oriente, aquélla era  la noche más especial del año. Era su noche. Llevaban mucho tiempo preparándose de forma concienzuda, pues toda la tarea debía ejecutarse con extrema precisión en unas pocas horas.

Los preparativos empezaban casi un año antes. Primero estudiaban cuáles eran los juguetes que más habían gustado a los niños  en la entrega anterior, y cuáles iban a ser las novedades de temporada. Ahí empezaban los  “tira y afloja”, pues Melchor era más partidario de los juguetes clásicos y educativos, mientras que Baltasar prefería los más novedosos y alocados. También se revisaba la ruta seguida y se hacían los cambios necesarios para poder llegar a todas las casas en el menor tiempo posible.

Después se hacia el seguimiento de cómo se iban portando los niños a lo largo del año. Y si algo no había cambiado a lo largo de los años era que las amenazas de los padres a los niños (“si no te portas bien, los reyes no te van a traer nada!”) sólo eran efectivas en las últimas semanas del año. Y no tenían ningún efecto en aquellos niños que ya habían comprobado de forma empírica que recibían muchos regalos independientemente de su comportamiento.

Los camellos vivían en una granja en la que recibían todo tipo de cuidados y entrenamiento para que estuvieran a punto para realizar esa titánica travesía en una sola noche.

Pero la mayor parte del trabajo se concentraba en el último mes, y consistía básicamente en recibir las cartas de los niños y preparar los regalos. Las cartas habían sido sustituidas en parte por toda clase de medio telemáticos en los últimos años, ya sean emails o aplicaciones de móvil. La tarea de recopilar la información cada vez era más sencilla, pues los pajes disponían de un sofisticado sistema informático que contrastaba las peticiones de los jóvenes con su comportamiento real, aunque en este tema se tenía mucha manga ancha.

Y llegada la noche en cuestión, los tres reyes magos salían de su palacio en oriente con sus pajes y los camellos cargados de regalos para repartirlos por todo el mundo. Volvían por la mañana a casa con el tiempo justo para ver a través de sus aparatos mágicos de visión remota como los niños abrían ilusionados lo que habían recibido. A medida que las imágenes iban sucediéndose, iban comentando las anécdotas que les habían ocurrido en cada lugar. A pesar del duro trabajo y del cansancio, no se iban a dormir hasta bien entrada la tarde.

Mas, amigos míos, todo esto no era más que una invención. Una dulce invención creada de buena fe con el fin de ilusionar a tres divinos ingenuos. Los autores de esta inocente conspiración eran los padres de los tres reyes magos, que utilizaban una magia muy superior en poder a la de sus hijos. Todo empezó como un inocente divertimento, pero al ver la ilusión que los reyes ponían en el viaje y en sus preparativos, fueron repitiéndolo años tras año, y cada vez a los padres les costaba más poner fin a esa deliciosa comedia.

Y he aquí el secreto de la argucia paternal: Justo antes de partir en su aventura anual, los tres reyes brindaban con un vino especial que les daban sus padres pues, según estos, “les daría fuerza para el gran viaje que iban a emprender”. El vino contenía una pócima que sumía a los tres inocentes en un profundo sueño, y les hacía soñar que  viajaban hacia occidente a repartir los regalos.

A parte de magia, hacía falta un poco de organización y astucia; los pajes (que estaban "compinchados" con ellos) participaban del engaño, haciendo llegar a los reyes las cartas de regalos e informes de comportamiento de supuestos niños durante el mes de diciembre. Una vez dormidos los monarcas, y durante toda la noche, se dedicaban a hacer desaparecer los juguetes preparados. También hacían correr a los camellos para que al día siguiente parecieran muy cansados por el colosal viaje nocturno.

Y así es como durante la noche más mágica del año, los reyes magos viajaban llenos de ilusión a través de un mundo fantástico entregando regalos a niños imaginarios.