Hilos

Unos cuantos hilos blancos sobre una tela azul celeste, probablemente desprendidos de la toga de Apolo (Helios) en su viaje diario. Y todo ello dentro de un marco hecho de tejas. Así veía el comerciante Kleitos el cielo cuando cruzaba el amplio patio que daba acceso a las cocinas del palacio de aquella pequeña isla del mediterráneo oriental.

El Príncipe Encantado (I)

Este cuento empieza donde terminan muchos otros cuentos, justo después de la boda entre la Princesa y el Príncipe.  ¿Queréis saber qué se oculta tras la sencilla frase “y fueron felices y comieron perdices”? Pues escuchad con atención.

El Traje Nuevo del Emperador

¡Mirad, mirad, el Emperador lleva un traje precioso! – gritó de repente un niño vestido de rojo. Le siguió un gran “oooh” de admiración por parte de la multitud, acompañado de una catarata de aplausos y vítores.  El Emperador saludaba hieráticamente desde un balcón de palacio, siguiendo el ritual de presentación de un traje nuevo – por cierto, cada vez con mayor frecuencia. Y es que de la misma manera que otros monarcas nunca tenían suficientes palacios, carruajes o amantes, su majestad tenía debilidad por su vestuario.

La Bailarina y la Luna

Erase que se era una maga curandera llamada Almerinda que vivía en una choza en medio del bosque, con la única compañía de su gato Tum. Una noche de San Juan, mientras recogía plantas medicinales bajo la luna llena, le alertaron unos llantos entre unos matorrales. Se acercó encontró sobre unas matas de diente de león a un bebe niña abandonada. Se apiadó de ella y la adopto como hija. Y por las flores que le hacían de lecho, le puso el nombre de Leonor.

La Liebre y la Tortuga

Aunque escondiera la cabeza dentro de su caparazón, la Tortuga no podía evitar oír las risas de la Liebre mientras brincaba de aquí para allá, saludando a los distintos animales del bosque.

- Seguro que se está burlando de mí - pensó la Tortuga – Pero esto se va a acabar de una vez por todas.
Así que lentamente se acercó y, con la mejor sonrisa que su piel agrietada le permitía, le dijo:

- ¡Hola Liebre! Dicen que eres el animal más rápido, pero yo creo que puedo ganarte en una carrera. Te reto a que compitamos de aquí a una semana, al amanecer, corriendo por el camino que atraviesa el bosque hasta la fuente de los pajaritos.

La Liebre quedó asombrada – Nunca había pensado que una Tortuga pudiera ser un animal veloz, pero me parece una buena idea, y acepto. ¿Qué propones como apuesta?

-El que pierda deberá reconocer que el otro es el animal más rápido de todos.

-De acuerdo Tortuga, nos vemos en una semana.

Durante esa semana la Tortuga se dedicó a estudiar todo el camino: donde estaban las curvas más cerradas, los charcos, arena, incluso piedras. Planificó cada paso y lo anotó con todo detalle dentro de su caparazón.

También contó con la ayuda del Erizo, que le hacía cerrar los ojos y verse a sí mismo atravesando la línea de meta como ganador. “Sólo si realmente quieres ganar la carrera, lo conseguirás” le decía.

Y mientras, la liebre, ajena a la competición, estuvo dedicada a sus asuntos, que básicamente consistían en corretear y brincar.

Finalmente llegó el amanecer del ansiado día. Muchos animales se reunieron en la línea de meta para ver quien perdía la carrera, mientras que sólo algunos – entre ellos el Erizo – fueron a la línea de salida para dar ánimos a los dos contendientes. El búho, que estaba a punto de irse a dormir, ululó señalando el inicio de la competición.

La Liebre empezó a correr y en seguida se dio cuenta de que llegaría a la meta en una hora, mientras que su oponente podía tardar hasta el anochecer. Así que decidió tomárselo con calma y se fue a dar un chapuzón al lago con sus amigos.

Por su parte la Tortuga ponía toda su atención e la carrera, mientras el Erizo le espoleaba recordándole todo lo que le había enseñado.
Al mediodía la Tortuga ya había llegado a la mitad de su camino. Lo que a primera hora de la mañana le parecían frases de aliento del Erizo, a estas alturas se habían convertido en una cháchara vacía que obstaculizaba su concentración.
Cuando el sol estaba cerca del horizonte, la Liebre estaba charlando con sus amigos junto al lago. De repente alguien pronunció una palabra que le recordó la carrera, y levantándose de un brinco se dirigió a la salida y recorrió todo el camino. Alcanzó a la Tortuga a unos centenares de metros de la meta, y respiró aliviada al ver que todavía estaba a tiempo de corregir su despiste.

Corrió hacia la meta y cuando iba a atravesar la meta un destello de luz se reflejó en la concha de su contrincante. Levantó la mirada hacia el horizonte y se quedó atónito. Estaba delante  del crepúsculo más maravilloso que sus ojos habían contemplado jamás. Le pareció que todo se detenía en ese instante: los pájaros dejaron de cantar y el chorro de agua que brotaba de la fuente se quedó en el aire. Sólo se movía la tortuga que, ajena a la magia que ocurría a su alrededor, pausadamente atravesó la meta.

Los últimos rayos de sol que  brillaban con un esplendor áureo desaparecieron detrás de las montañas en el junto momento que los gritos de alegría de los animales despertaron a la Liebre de su encantamiento.

Aquel fue el día más feliz de la vida de la Tortuga. Quizás el único. La victoria del galápago armó tal revuelo que la noticia llegó hasta el otro lado del mundo. Al cabo de unas semanas vino el Avestruz a retarla, y a pesar de la confianza de la Tortuga, el ave desgarbada le arrebató el título, que más tarde pasaría a otros. Desde entonces la Tortuga intentó innumerables veces recuperar su título. Incluso contó con la ayuda de un equipo de Erizos, pero todo fue en vano. A pesar de la fama de longevidad de los quelonios, la Tortuga murió bastante joven, tal vez debido a la tensión y a la tristeza. En su lápida rezaba “Aquí yace el más rápido del mundo”.

Por su parte, la Liebre quedó tan afectada por la experiencia que se retiró a vivir a una cueva en lo alto de las montañas, de la que apenas se movió ni tuvo contactos con otros animales hasta el día en que desapareció.

desOrden

Crec, crec, crec. Su cuello se queja cuando levanta la cabeza de la mesa. Diversas partes de su cuerpo secundan la protesta. Mira unos metros más allá, donde se encuentra el mueble apropiado para dormir, que no se parece en nada a la silla en la que ha pasado la noche. Su mente se defiende con un trivial “nunca más lo volveré a hacer”.

La lámpara sobre la mesa ilumina ese curioso libro con encuadernación roja, que siempre ha ocupado la parte central. Ni título ni autor; nada hay escrito en la cubierta. Le atrae y le irrita a partes iguales, pero es consciente de que todavía no es capaz de quitarlo de en medio: le falta una hoja.

Después de limpiarse y comer algo, vuelve a la mesa para comprobar cuál es la tarea pendiente. Rodeando al volumen rojo hay seis encuadernaciones de libros, cada una con su título y autor, sin hojas dentro. Debe encontrar las hojas de esos libros, armarlos y después guardarlos donde les corresponde. Para ello dispone con una inmensa biblioteca situada en un edificio del cual no recuerda haber salido jamás. Ocupa una sala abovedada en la que unas pequeñas ventanas dejan entrar poca luz.

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