Victoria

El Rey levantó su pesada espada para terminar por fin con su mortal enemigo. En medio del campo de batalla, estaba tendido a sus pies, desarmado e indefenso aquél con el que llevaba décadas luchando por el trono. Esperaba sentir el sabor de la victoria tanto tiempo anhelada, pero en su lugar los gritos de los heridos y el olor a muerte llenaban todo su ser.

El guerrero, entregado a su propia ira, asestó el golpe más fuerte que le permitió el cansancio acumulado. Las piezas de su armadura rechinaron y, junto al grito que salió de su garganta, formaron una siniestra melodía. La espada se hundió en el pecho de su rival y la sangre salió despedida en todas direcciones.

El hombre vio que las gotas de sangre que flotaban en el aire se iban transformando en pétalos rojos, que caían suavemente formando un espeso manto y ocultando a su vez a su adversario. Olió un agradable perfume y sintió que su armadura era de fina seda celeste, que silenciosamente jugaba con la brisa. Puso su mirada en la espada que estaba empuñando, pero en su lugar sólo encontró una esplendida rosa de cuyo centro brotaban incesantemente nuevos pétalos. 

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