El Príncipe Encantado (II)

Al otro lado del pantano, un enorme bloque de roca proyectaba la sombra de la luna sobre las tranquilas aguas de las que sobresalía. Era el resto más visible de lo que había sido un primitivo santuario. Junto a él, tendidos aquí y allá, yacían sus fieles compañeros. Con dificultad, alguien se daría cuenta de que en un principio todos ellos formaban un círculo perfecto. La niebla y el musgo intentaban tapar los extraños símbolos grabados en sus rugosas caras. Era un esfuerzo inútil, pues ya nadie sabía pronunciarlos.

Un búho se posó en lo alto del bloque. Miró a ambos lados sin encontrar a nadie. Parpadeó dos veces. Agitó sus alas, en un gesto instintivo para quitarse de encima la humedad nocturna. Giró la cabeza hacia abajo.

- Has tardado mucho en venir– dijo, mientras recolocaba sus garras en la piedra para no resbalar.


- No todos podemos volar - Dijo un pez sacando la cabeza del agua.- ¿Qué te parece nuestra nueva visitante?

- He rozado sus cabellos con mis alas, y he percibido que había bondad en ella – contestó el ave.

- Yo he tocado sus pies, y he sentido su gran devoción por esta tierra. Creo que debemos dejarla pasar.

- Estoy de acuerdo. El monstruo del pantano deberá saciar su hambre otro día.

El búho giro bruscamente su cabeza. Su agudo oído percibió un leve chapoteo, que iba en aumento.

- Marchémonos, pues ella ya se acerca.

- Sí, yo también he notado sus vibraciones en el agua.

Y se marcharon poco antes de que llegara la Princesa. Exhausta, se tumbó sobre uno de los monolitos caídos. Antes de dormirse extendió su mano hacia el agua, ya que le pareció ver la imagen a su amado sobre su superficie.

La cama del Príncipe era mucho más confortable, pero sus sueños no. Sus dedos tocaban a los de la Princesa y empezaba a recordar quién era ella, cuando de pronto los espectros negros enviados por la Hechicera Roja se arremolinaron sobre la imagen de ella y la disolvieron. Él se despertó agitado, y los espectros negros, antes de marcharse, aprovecharon esos instantes de confusión entre el sueño y la vigilia para nublar la mente del desdichado. Para ello usaron una de las frases preferidas de esos entes, llena de maldad y necedad a partes iguales: “Uff, tan sólo era una pesadilla”.

Lejos de ahí, los primeros rayos de sol del día despertaron a la Princesa, aunque ella no recordaba haberse dormido. Unos pasos más allá del santuario en ruinas, el pantano daba paso a una inmensa pradera, con frondosos bosques a ambos lados separados por una suave colina. El cielo era el más azul que ella había visto jamás. Subió a la colina y al otro lado encontró un valle con un arroyo y una casita blanca. Se acercó para ver quien vivía allí. En el dintel de la puerta un cartel rezaba:

ESTE ES TU HOGAR

- ¡Qué bien! - Pensó la Princesa y entró. Saludó, pero nadie contestó. El recibidor daba a un comedor, con una gran mesa llena de los manjares más exquisitos. Entonces sus tripas le recordaron que llevaba mucho tiempo sin comer; iba a lanzarse sobre la comida pero el miedo a que la descubrieran la frenó.

- Un momento – Reflexionó la joven - Si este es mi hogar… ¡Por lógica ésta debe ser mi comida! – Y con ese razonamiento alejó sus miedos y empezó a comer.

Cuando estuvo saciada le entró sueño, y fue hasta una habitación donde una gran cama – aquí ya no se cuestionó que fuera la suya – la estaba esperando. Al despertar de la siesta se encontró con la mesa limpia y ordenada otra vez, con comida recién puesta. Buscó por la casa y no encontró a nadie. La sorpresa inicial fue convirtiéndose a lo largo de los días en aceptación, al descubrir que todas sus necesidades y deseos eran diligentemente cumplidos por los que ella bautizó como “los sirvientes invisibles”.

En el Palacio, los que conocían bien al Príncipe decían que había perdido el brillo en su mirada, que parecía encantado. En tal estado, el Canciller y la Hechicera Roja no tardaron en persuadirle para que cambiara el rumbo de su política. Pusieron como principal y único propósito el extender sus dominios al Reino de Sur, en el que había enormes riquezas.

Los impuestos, cada vez mayores, se destinaron a crear el ejército más poderoso que jamás hubiera existido. Las bibliotecas pasaron a ser cuarteles militares. Los artistas fueron sustituidos por ingenieros que diseñaban máquinas de asedio. Los labradores pasaron a empuñar espadas y picas. Los caballos fueron destinados a caballería y los animales salvajes tuvieron que huir de los bosques, que antaño eran protegidos, pues los árboles se convirtieron en simple alimento para las enormes fraguas que continuamente escupían humo al aire, desechos a los ríos y armas para las tropas.

Paralelamente intentaron casar al Príncipe con alguna princesa de los reinos enemigos del Reino del Sur, pero él siempre encontró alguna excusa para rechazar a las candidatas y así evitar prometerse a ninguna de ellas.

Una mañana de primavera (aunque eso no hace falta decirlo, pues en la tierra de los sirvientes invisibles siempre era primavera) la Princesa salió a dar un paseo por el bosque. A pesar de que los sirvientes invisibles se encargaban de todo, de vez en cuando le gustaba ir al huerto cercano a buscar hortalizas (cultivadas también por ellos) o al bosque a recoger frutos silvestres (estos crecían de forma natural.)

Caminaba pensando en lo feliz que era, en que no le faltaba de nada. Al entrar al bosque empezó a sentir en su interior un extraño vacío, muy pequeño, diminuto como una mota de polvo, pero que poco a poco fue creciendo. Ese vacío traía consigo un cansancio, y cuando el vacío llenó por completo su cuerpo, ella cayó rendida al suelo.

Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, y eso no pasó desapercibido por los habitantes del bosque, en especial por una abeja que, curiosamente, tenía franjas verdes y anaranjadas. Todos la llamaban Abeja Verde. Se acercó a la oreja de la Princesa y, utilizando el lenguaje secreto de las abejas, le preguntó:

- ¿Qué te pasa?

Ella se secó los ojos, y como ya no le sorprendía nada de esa tierra, contestó a la abeja:

- Lo tengo todo para ser feliz, y a pesar de eso ¡siento un gran vacío! Aunque las dulzuras de este sitio me han traído una inmensa dicha, no consigo olvidarme de mi Príncipe.

-¿Y por qué no vuelves con él? O mejor  aún¿Por qué no le dices que venga aquí?

- Eso es imposible. Me desterraron, y si vuelvo, aunque sólo sea a buscarle, terminarán con mi vida. Además él ya no sabe ni quién soy.

- ¿Y si la que volviera no fueras tu? – contestó la abeja.

- ¿Qué quieres decir?

- Pues que si volvieras bajo la apariencia de otra persona, podrías acercarte al Príncipe sin peligro. Y como eres una chica preciosa, seguro que se enamoraría de ti sin siquiera saber tu nombre.

- ¿Te refieres a disfrazarme? Creo que me descubrirían.

- No, quiero decir algo mucho mejor. Transformar tu aspecto.

- ¡Eso sería fantástico! ¡Pero también es imposible!

- No hay nada imposible para las abejas verdes – dijo la abeja mientras se alejaba –  Voy a prepararlo todo. Mientras, ve pensando con qué apariencia quieres presentarte ante el Príncipe. Eso sí, ¡tienes que ser humana!

Al llegar al panal, la abeja llamó a doce compañeras de confianza, y las mandó a buscar polen de doce flores distintas. Aquí sería complicado nombrarlas; sólo deciros que a pesar de que eran flores muy raras, la abeja sabía indicar a sus amigas exactamente donde podrían encontrar cada una de ellas.

Después volvió junto a la Princesa, y la halló con la mirada perdida hacia las copas de los árboles, absorta en sus pensamientos. El zumbido insistente (a modo del “ejem ejem” de los humanos) la trajo de vuelta.

- Bueno, ¿ya has decidido tu aspecto?

- Sí. Después de darle muchas vueltas, creo que quiero mostrarme como una Princesa, pues eso soy yo. Pero para pasar desapercibida, esa Princesa debe ser oriental, de la India. Al Príncipe le agrada lo exótico, ¡seguro que caerá rendido a mis pies!

- Muy bien. Ahora junta las manos como si fueras a beber agua, y espera.

Ella siguió las instrucciones, y al poco rato empezaron a venir las doce abejas y, una por una, depositaron en sus manos una minúscula gota de miel, cada una de una color distinto. Cuando terminaron, la Abeja Verde fue a una cueva cercana a buscar una gota de un elixir verde muy extraño, que al mezclarse con la miel provocó una pequeña humareda, liberando destellos de luz y activando la magia.

- ¡Bebe, bebe! – gritaron al unísono las trece abejas.

Ella bebió, mas tras esperar unos instantes no notó nada, ni vio ningún cambio en su aspecto.

- ¡Esto no funciona! – Dijo, contrariada.

Para entonces las abejas ya se alejaban. Desde la lejanía la Abeja Verde gritó:

- Ah! Se me olvidó decirte que el hechizo sólo funcionará cuando salgas de esta tierra, cuando cruces el pantano.

- ¡Gracias Abeja Verde! – La ilusión volvió a la joven.

Sin perder tiempo, la Princesa se levantó y se dirigió al pantano. Cuando puso los pies otra vez en el agua, no pudo evitar sentir un escalofrío: si el hechizo no funcionaba, la matarían por haber vuelto del destierro.

Lejos de ahí, en la frontera con el Reino del Sur, el Príncipe había reunido a su enorme ejercito para iniciar la invasión del país vecino. Le acompañaban los buenos augurios vistos por la Hechicera Roja la noche antes en su bola de cristal. Además, era tal la superioridad de sus tropas, tanto en cantidad como en armamento, que se preveía una guerra corta que culminaría en una brillante victoria.

(Continuará…)

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