Blancanieves

Blancanieves apoyó las yemas de sus dedos en el frío cristal, justo antes de abrir los ojos. Luz.

Una nube atravesaba un cielo inevitablemente azul. Intentó incorporarse y su cabeza chocó contra una pared dura e invisible. Giró la cabeza a la izquierda y cuando vio el vaho de su respiración empañando el sarcófago de cristal, su cuerpo quedó aprisionado por el terror. Empezó a respirar agitadamente. En los pequeños intervalos entre exhalación y exhalación pudo ver que fuera, junto al ataúd, había una figura humana y siete pequeñas formas todas arrodilladas y rezando. Gritó mientras golpeaba el cristal con todas sus fuerzas, sin embargo ninguna de los ocho parecía darse cuenta de que ella continuaba viva.

Volvió a abrir los ojos y ahora todo era oscuridad. Intentó moverse pero estaba completamente paralizada. Sentía el sudor deslizándose  por su frente. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando  a la oscuridad y sintió que estaba tendida en una cama con dosel. A su lado tenía a un hombre, que debía ser su príncipe, con el que se había casado unos meses atrás. Respiró aliviada al saber que había sido otra vez una pesadilla – la misma de cada noche desde que un beso la había despertado.

Necesitaba aire fresco, así que salió al balcón. La luna llena le permitió contemplar todo el castillo en el que había vivido desde pequeña, y del que había huido para esconderse de su madrastra. Había vuelto para estar al lado de su padre, el rey al que la muerte de la que era su segunda mujer, la madrastra de Blancanieves le dejó sin apenas ganas de vivir. Además nunca pudo reconocer que en el corazón de esa mujer habitaba la maldad, y eso precipitó su final. Su hija Apenas estuvo unos días junto a él antes de que falleciera. Desde entonces ella era la reina.

El ruido de dos soldados que hacían el cambio de guardia en la muralla la sacó de sus pensamientos. De reojo vio una figura blanca que atravesaba el patio de armas con gran ligereza. Cuando giró la cabeza para ver quién era sólo vio una puerta entreabierta por donde parecía se había metido el extraño. Una puerta que estaba cubierta de yedra y era tan vieja y enmohecida que creía que conducía a una estancia abandonada. De hecho, nadie la usaba. ¿Quién era ese desconocido y donde había entrado?

Cogió un candelabro y bajó hasta el patio. Alguien batía la puerta con insistencia, pero al acercarse reparó en que tan solo era el viento. En la cerradura había una enorme llave herrumbrosa que nunca antes había visto. Entró y antes de ver nada le llegó un extraño olor, que al mismo tiempo le resultaba agradable y familiar. No había nadie ni se oía ningún ruido. Sólo una estrecha escalera de caracol que se adentraba en las profundidades del castillo .Tras cerrar con llave cuidadosamente, se la puso en el bolsillo y bajó los peldaños. Las paredes fueron tornándose cada vez más toscas, hasta que l final de la escalera las piedras eran de dimensiones descomunales. Los extraños símbolos le hacían imaginar que había llegado a alguna antigua construcción, quizás un templo, edificado por descendientes de los atlantes en tiempos demasiado lejanos para persistir en la memoria de los vivos.

Delante de ella había otra puerta muy parecida a la anterior, por lo que Blancanieves intentó abrirla con la misma llave y funcionó. Seguía sin haber pistas de la figura que estaba siguiendo, aunque se olvidó totalmente de ella al contemplar la estancia que tenia ante sus ojos.

Era una estancia circular, de unos diez metros de diámetro. A pesar de las grandes dimensiones de la sala, una especie de fosforescencia en los muros hacia que un solo candelabro era suficiente para iluminarla por completo. Estaba dividida por la mitad en dos niveles; el superior era una biblioteca, con librerías hasta el techo llenas de libros antiguos y pergaminos. Había una mesa llena de libros, muchos de los cuales estaban manchados con cera de las numerosas velas que había repartidas por toda la sala.

El segundo nivel estaba dos metros por debajo del primero, y se accedía a través de una escalera de piedra. Era una mezcla de cocina y laboratorio. Una larga mesa con matraces, pipetas y recipientes para la destilación. En el fondo, un horno apagado en el que se habían fundido metales ocupaba una posición importante, como presidiendo la estancia. En las paredes había muchos objetos extraños, desde un caparazón de tortuga hasta una cabeza humana reducida, pasando por amuletos celtas y figuras egipcias.

Sin embargo lo que le impactó más a Blancanieves fue un cuenco con seis manzanas negras, que aunque presentaban un color antinatural y de un cierto desecamiento, parecían haberse conservado perfectamente durante largo tiempo. A su lado, un libro abierto en el que describía una especie de receta. Cuando se dio cuenta de que se trataba de una pócima para envenenar manzanas, le entró una repugnancia tal que tuvo que salir corriendo hacia el exterior. Amanecía cuando Blancanieves volvía a su cama.

Al despertar había olvidado todo lo sucedido, aunque cuando llegó la noche encontró en un bolsillo de su camisón la vieja llave, y volvió al subterráneo para asegurarse de que había cerrado las puertas y de que nadie había notado de sus movimientos nocturnos. Aprovechó para hojear algunos libros y poco a poco fue acostumbrándose a pasar las noches ahí.

De los libros pasó a experimentar con fórmulas secretas, y después con encantamientos. Con estos nuevos conocimientos llegó a la conclusión de que muchas de las enfermedades, accidentes y adversidades que le sucedieron cuando era joven fueron causadas de maleficios y otras artes oscuras. Esto le hizo empezar a desconfiar de todo el mundo. Fue descubriendo que la corte estaba llena de intrigas y asimismo reconoció a algunos que querían hacerle daño; sin dudarlo aplicó sus nuevos aprendizajes para defenderse de sus enemigos.

Cada vez pasaba más horas en el laboratorio. Su carácter se fue agriando, llegando al extremo de tomarla con los siete enanitos. Y es que con el pretexto de que la habían explotado mientras vivía en su casa en el bosque, les acusó de no haber pagado nunca impuestos por las minas de diamantes y se las expropió, junto con la casa. Los enanitos acabaron sus días malviviendo como artistas de circo.

Cierta noche, mientras Blancanieves buscaba un volumen en las estanterías, vio un extraño libro que titulado “Reflejos” intentó cogerlo pero parecía fijado al estante. Al tirar de él con más fuerza cedió un poco, y ante su asombro la estantería giró, mostrando que detrás de ella había una gruta.

Tomó una vela y entró en la cueva. Más bien era una cavidad, con unos tres metros de largo y dos de ancho, y las paredes de roca viva. La figura blanca estaba delante de ella, con su gélida mirada clavada en sus ojos,  aunque eso fue sólo durante un instante, antes de ver su propio reflejo en un majestuoso Espejo. Tenía forma ovalada y la altura de una persona. El marco estaba hecho de plata con incrustaciones de coral rojo, y entre las filigranas se podía leer una frase en latín: “pregunta y tendrás una respuesta”. En la parte central daba un reflejo preciso, mientras que cuanto más se acercaba al marco, la imagen que daba era más distorsionada, hasta llegar a lo macabro. Ella pensó que quizás se trataba del famoso Espejo Mágico del cual hablaban tantas leyendas. Decían que quien se lo encontraba, podía preguntarle tantas veces como quisiera, pero siempre la misma pregunta. Ella siempre había pensado que eso era un cuento para embaucar a los ilusos, así que lo dejó estar.

Estuvo unos días sin pensar en ello, sin embargo la curiosidad la fue atrapando. Empezó admirando la belleza del Espejo durante unos minutos con una vela en sus manos, y poco a poco fue pasando cada vez más tiempo delante de él, hasta llegar a pasarse varias horas ensimismada delante de él.

El Espejo Mágico la invitaba a preguntar - Pero, ¿Qué preguntar? – Pensaba Blancanieves - ¿Cuánto tiempo viviré? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cómo hallar la piedra filosofal? – Decenas de preguntas le pasaron por la cabeza hasta el día en que encontró la adecuada.

Blancanieves preguntó: ¿Quién es la persona más sabia de este reino?

El Espejo guardó silencio.

Ella insistió: - Espejo Mágico, ¿Quién es la persona más sabia de este reino?

Y aunque esperó unos minutos, no hubo respuesta.

Entonces decidió cambiar la pregunta: Espejo Mágico, ¿Soy yo la persona más sabia de este reino?

El Espejo habló - Sí, tú eres.

Tras unos instantes en los que sintió alegría, felicidad y orgullo a partes iguales, una tenue angustia empezó a empapar todo su cuerpo. Porque fue consciente de que a partir de ese instante cada día del resto de su vida necesitaría hacerle la misma pregunta, para asegurarse de que la respuesta del Espejo Mágico seguía siendo “Sí”.

Y Blancanieves apoyó las yemas de sus dedos en el frío cristal, justo antes de cerrar los ojos. Oscuridad.

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